Categoría: Culturas

  • Cómo engañar a un lector editorial

    Cómo engañar a un lector editorial

    ¿Qué se publica?

    Dijo Adlai Stevenson que «un editor es alguien que separa el trigo de la paja y publica la paja». No seré yo quien le contradiga, aunque cabría matizar la frase. El editor publica lo que demanda el mercado, esto es, el grueso de los lectores. Si a la gente le ha dado por leer novela histórica, pues allá que te va, el editor publicará sucedáneos de códigos da vinci. ¿Que se pone de moda el rollo vampírico? Pues ahí ataca de nuevo el editor, publicando los devaneos bobalicones de chupasangres en plena edad del pavo. Y no solo se fija nuestro amigo en el género, la trama o el estilo; va aún más allá, también cobra importancia el sexo del escritor, que no es como el de los ángeles, sino que resulta de vital importancia habida cuenta del mayor número de lectoras que de lectores. Afortunadamente no todos son así; el escritor Enrique Vila-Matas, en su novela Dublinesca, nos presenta a ese editor devastado que abandona el mundo de las letras por no querer plegarse a los designios del mercado. Su personaje principal, Rivas, se me antoja el último editor inocente, puro, amante sincero de sus escritores.

    Pero vamos a entrar en materia, porque todo lo anterior no te habrá servido para pulir mejor tu obra si eres — por desgracia — un escritor novel con una novela policíaca bajo el brazo, o cualquier otra novela que no encaje según las demandas del mercado. Sabiéndose en tamaña desgracia en el mundo editorial, un escritor novel — con una novela policíaca bajo el brazo — llamado John Locke se autopublicó en Amazon y «que sea lo que Dios quiera» debió pensar. Y Dios — o el santo de turno — quiso que vendiera un millón de copias de sus libros, por lo que ahora se lo rifan en las editoriales. ¿Qué quiere decir esto? ¡Que te lances, que confíes en ti! Pero ¡ay!, si no eres vendible el lector lo pondrá en su informe; las editoriales no apuestan por alguien en balde. Por muy bien que escribas te darás contra el muro editorial si tu obra no goza de una supuesta capacidad comercial que la pueda convertir en un best seller;y el que tiene que ponerle nota a este fundamental aspecto de tu libro es el lector editorial. Luego, una vez publicado, ya te lo destripará el crítico literario, pero esa es otra raza en este mundo para la cual no tengo palabras. Depende de ti cómo quieras venderte, pero recuerda: el lector valora de forma diferente al John Locke desconocido que al John Locke del millón de ventas.

    Informe del buen lector

    Hay distintos lectores editoriales, pero nos vamos a centrar en el peor de los casos: un lector editorial hastiado que ya solo soporta novelas cortas de final trágico. Ha leído mucho y no se deja impresionar por nada, cree que en literatura todo está ya dicho y todos los estilos están ya explorados. Nuestro manuscrito será uno más de los cientos que ha leído y no le va a sorprender; de hecho, hasta es posible que lo odie antes de leer la primera página. Lo primero que hace es preparar el esquema de su informe, que es el siguiente:

    Título original (añadir entre paréntesis el número de páginas).

    Autor.

    Impresión general (aquí se nos permite ser más subjetivos).

    Argumento y temas destacados (sinopsis, número de capítulos, tema principal y secundario).

    Personajes (tratamiento, personalidad, cualidades, identificación del lector).

    Lenguaje y técnica literaria (añadir comparaciones con otros autores si es necesario).

    Factores positivos que destacan.

    Factores negativos que destacan.

    Valoración literaria (puntuar del 1 al 10 y justificar).

    Valoración comercial (puntuar del 1 al 10 y justificar).

    Público objetivo (a quién va dirigido principalmente).

    Sugerencias para la cubierta (opcional).

    El esquema puede variar mucho de un lector a otro — hay leyendas de un tal Only you que despachaba manuscritos con solo una palabra: ¡o sí o no! — pero básicamente el editor lo que pide es esto, un panorama de fácil lectura que le ponga al corriente de la obra que le han propuesto publicar. Te propongo que hagas un informe de lectura de tu novela en base al esquema anterior, y que seas lo más honesto posible. ¿Cuál sería tu valoración?

    Mira tu novela, léela. Otra vez. ¿La publicarías? Observa ese episodio que da el giro a la historia. ¿Cambiarías algo? Piensa sobre el sentido de tu novela. ¿Cuál es su punto fuerte? Acuérdate de las novelas que has leído que se parecen a la tuya. ¿Hay alguna sorpresa? Habla con tus criaturas. ¿Crees que los personajes principales tienen la suficiente fuerza? ¿Crees que los personajes secundarios son imprescindibles y relevantes? ¿Te sientes identificado con algún personaje? ¡No dejes que tus personajes flaqueen!Ellos son el motor que hace funcionar la historia y el lector editorial les presta especial atención, puesto que el público se identifica con ellos.

    El lector, el personaje

    Tal vez te estés preguntando cómo hacer esos poderosos personajes capaces de engatusar a nuestro hastiado lector editorial. Lamento advertir que no hay subterfugios para ello. Como mínimo, intenta que tus personajes sean lo que hacen, no lo que dicen. Chéjov sabía mucho de esto. Encuentra la voz de tus personajes, haz que sus diálogos estén acordes a su carácter, a lo que se espera de ellos. Tus personajes tienen una vida antes y después de la novela que has escrito para ellos, sus defectos y virtudes son importantes, así como sus grandezas y flaquezas, sus matices y claroscuros. Lo de menos suele ser la historia a la que se enfrentan; la estructura básica se repite en los cientos de manuscritos que ha leído nuestro lector, esta es: un personaje tiene una dificultad, intenta resolverla y la vence (o fracasa). Si tu novela sigue esta estructura, haz que se explique algo más de lo aparente a través de los personajes. Un ejemplo perfecto de esto podría ser la actual saga de Juego de Tronos, donde los personajes son el verdadero interés de toda la trama.

    Esta máxima no la digo porque sí — yo no soy nadie para dar consejos — , pero mis propios textos han mejorado muchísimo cuando he tenido en cuenta las pasiones de mis personajes. En el fondo todos ellos son partes de mi personalidad; son versiones de mí mismo que viven y mueren en un mundo cualitativamente distinto al mío; al real. Mis otros yo viven en mi otro mundo particular, formado por mi imaginación y mi experiencia, ¿podrán ser entendidos, o mejor dicho, vividos, por otras personas? Dependerá de tu paciencia y buen hacer con tu forma de escribir, tu manera de contar las cosas, en definitiva: tu literatura. No es tan importante la historia sino lo que se intenta expresar con ella y de qué manera: lo que quieres contar con esa historia, que no es propiamente la historia. Así se despierta el interés del lector; así lo hacían ya los clásicos: Ovidio, Virgilio, Cátulo, Petronio y Apuleyo,por nombrar algunos. Si no los has leído, puede que de su lectura aprendas tanto o más que con cualquier taller de escritura.

    El lector, ni editor ni corrector

    Una cosa que hay que tener clara es que el lector no es en último lugar el que decide la publicación o no de tu novela. Esa tarea recae en el editor; el lector solo valora en base a las directrices de la línea editorial para la que trabaja. Un lector no dirá — o no debe decir nunca — que tal o cual novela no debe publicarse. Si lo hace, probablemente sea un mal lector (esto es lo que nos dijeron en el curso, al menos). Su influencia es enorme, pero no tiene la última palabra. Puede percatarse de tus faltas de ortografía, de sintaxis y de gramática; puede reparar en que tenemos un léxico muy pobre y abundan las repeticiones; puede notar que los personajes hablan todos igual; puede observar que cambiamos de primera a tercera persona sin razón; puede darse cuenta de que hay varios deus ex máchina inaceptables y que la novela no tiene ni pies ni cabeza. Pero no dirá al editor: «no se te ocurra publicarla»; será el editor quien lo decida y se manche las manos; pero deberías tener muy en cuenta que el lector va a ver esos gazapos y su valoración irá acorde con el tiempo que te hayas entretenido en corregir la novela y, por supuesto, en aprender a escribir.

    Es menester, por tanto, que en tu novela no abunden los adverbios (en especial los formados con el sufijo -mente, que tanto aburren y entorpecen el ritmo de la narración); que haya riqueza léxica (si no eres Vargas Llosa, cómprate un diccionario de sinónimos); que la riqueza léxica de la obra sea el resultado natural de la que posee el autor y no una imposición artificial (tira el diccionario de sinónimos que compraste y siéntate a leer mucha buena literatura) y que haya ricas descripciones con multitud de sensaciones, colores, sabores, olores y objetos (Umberto Eco sabe mucho de esto y por eso habla de listas). Tal vez así el hastiado lector profesional, que no se ilusiona por ningún nuevo texto, arquee una ceja y sonría con nuestra novela, tal vez logremos engancharle con nuestros personajes y sus vicisitudes, tal vez logremos — ¡al fin! — engañar al lector, es decir: contarle lo mismo con distintas palabras.

    Referencias bibliográficas

    CASSANY, Daniel: Afilar el lapicero. Guía de redacción paraprofesionales.Anagrama, Barcelona, 2007.

    ECO, Umberto: Confesiones de un joven novelista. Lumen, Barcelona, 2011.

    FONT, Carme: Cómo escribir sobre una lectura (Guía práctica para redactar informes editoriales). Alba [Colección Guías del escritor], Barcelona, 2007.

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  • El instituto Benjamenta

    El instituto Benjamenta

    Para aquellos que aún no hayan leído la genial novela Jakob von Gunten de Robert Walser les animo a leerla antes de seguir con éste artículo, aunque puedo hacer un resumen de la misma: en el instituto Benjamenta no se aprende nada, solo se forma a los alumnos para servir y cumplir con la sociedad; Jakob von Gunten es un alumno que entra en la institución tras fugarse de la casa de sus padres y consigue ser admitido tras una breve entrevista con Herr Benjamenta, el director del instituto. La única profesora que parece estar en activo es la propia hermana del director, Fräulein Lisa Benjamenta, que les enseña básicamente a comportarse en sociedad y poco más, ya que no hay contenidos ni planes de estudios en las clases del instituto Benjamenta.

    La escuela de muchachos Benjamenta puede ser muchas cosas, pero sobretodo es un reflejo del mundo. ¿Qué quiso representar Robert Walser con esta novela? Tal vez uno de los motivos sea la reivindicación de la vida sencilla, infantil, alejada de todo anhelo o ambición que pudiera llevar a un fracaso, un desengaño, una derrota. Pero tal vez no era una reivindicación, sino más bien una constatación, una rendición y evidencia de que más nos vale seguir la corriente y acostumbrarse al hastío y la servitud. Tal vez el personaje que más fielmente representa estos principios, obediencia y servicio, es Kraus, a quien gusta de martirizar el protagonista, Jakob von Gunten (aunque en el fondo le adore). ¿He dicho protagonista? Bueno, eso es matizable, para mí el protagonista es el insituto en sí, aunque lo veamos a través de la mirada de Jakob.

    Una de las frases que se me quedaron grabadas, aunque hay muchos y de difícil interpretación, es la que dice que «Dios está con los que no piensan». Hay que analizar el contenido y el mensaje final de esta sentencia, en los años en que fue escrita, los principios del siglo XX, en 1909. Robert Walser ya pudo ver, como otros escritores y pensadores antes que él, el verdadero bálsamo para el pueblo, el opio que a todos calma, principio civilizador y tope cultural al mismo tiempo; esos textos sagrados revelados que nos dictan como tenemos que manejar el espíritu. Quien gobierna nuestra consciencia y moral nos gobierna de forma absoluta. Walser lo sabe, pero no se rebela, simplemente lo escribe y construye todo un instituto donde se perfecciona ese arte de dominar lo más profundo de nuestro ser: nuestro espíritu.

  • La noche de San Juan

    La noche de San Juan

    En cada solsticio de verano tiene lugar, desde la antigüedad, una fiesta mítica para celebrar la llegada del verano, cuya finalidad se nos pierde entre las capas de cristiandad aplicadas al asunto. Para unos, fiesta de las brujas, para otros, fiesta para dar más fuerza al sol, mediante el fuego de las hogueras. Para mí, durante mi infancia, era la fiesta posterior a la finalización de las clases, como un premio después de todo un curso escolar donde se nos permitía a los niños pasar gran parte de la noche despiertos, jugando cerca del fuego. Los mayores sacaban mesas a la calle y hablaban animadamente, y todos, vecinos, amigos y saludados, parecían llevarse bien. Recuerdo las noches de San Juan con gran felicidad, noches realmente mágicas.

    Pero, ¿qué celebrábamos? Eso de pequeño no lo sabía, lo único que nos importaba a los niños era conseguir madera para hacer la hoguera de San Juan. Queríamos hacer la hoguera más alta del pueblo, ese era el fin y el motivo para nosotros. Yo particularmente no tenía predilección por los petardos y cohetes, aunque alguno que otro tiré, y creo que me asustan ahora más que entonces, tal vez porque veo la posibilidad de quedarme sin algún que otro dedo. De pequeño no tenía tanta noción del peligro, corríamos con maderas con clavos salideros, entre matojos llenos de bichos y caíamos al suelo sin mayores consecuencias; parecíamos de otra pasta distinta a los niños de hoy, tan alérgicos, tan histriónicos, tan incapaces de divertirse con cuatro palos como lo hacíamos nosotros. Pero bueno, no voy a decir que todo tiempo pasado fue mejor; ya en las tablillas sumerias, de tres mil años de antigüedad, llevan escrito aquello de que «los jóvenes no respetan a sus mayores», frase mítica por sí misma, pues es de eterno retorno, como diría Elíade.

    Sigamos hablando de la fiesta, la verbena de San Juan, ¿quién era este San Juan? Era el Bautista, el tipo que bautizó a Jesús con el agua del río Jordán. ¿Y porqué entonces la hoguera? Pues su justificación se da porque el padre de este santo anunció su nacimiento con una hoguera. Fuego y agua, elementos míticos desde los albores de los tiempos, que se unen a la tradición cristiana y se solapan a las antiguas creencias. Lo mismo con distintos nombres, santos en lugar de dioses o la misma naturaleza. La verdad es que a poco que une escarbe en la historia de los pueblos y sus tradiciones, se da cuenta de que el origen de las fiestas cristianas surge invariablemente de cultos anteriores, y que los primeros cristianos se limitaron a cambiar los nombres y los motivos de las celebraciones de aquellos tiempos, para que aceptaran con mejor grado la idea de un único dios, una idea totalmente ajena a las mentalidades mediterráneas, plagadas de dioses, semidioses y héroes. Pero lo consiguieron, y por eso hoy en día existe la Navidad en lugar de las Saturnales o el nacimiento de Horus, o la Semana Santa en lugar del nacimiento de Astarté o Ceres.

    En conclusión, da igual como llamemos a la fiesta, pues al final todos los nombres son producto de la creatividad humana. La necesidad de celebración y júbilo es consustancial a la humanidad, el qué y el cómo son secundarios. Todos los dioses y tradiciones nacen de la cultura y la filosofía de los diferentes pueblos que nos han precedido. Nuestra cultura y forma de pensar está directamente emparentada con la de los pueblos mediterráneos e indoeuropeos que vivieron y amaron antes que nosotros, que pensaron en el cómo y el porqué del mundo antes que nosotros, que se hicieron las preguntas míticas de los pueblos que los griegos trataron de contestar mediante la razón. Somos un producto cultural de trifuncionalidad indoeuropea, religión semítica, razón griega, ley romana y moral cristiana. Así mismo, tal como hicieron nuestros antepasados, somos también creadores y difusores de nuestra propia cultura y la futura, somos el pasado nebuloso y brillante de las generaciones que vendrán, que verán en nosotros el origen de sus costumbres y tradiciones, de sus leyendas y de sus posibles nuevos dioses. No lo veremos, pero lo estamos fabricando hoy.

  • Al sur de los párpados, de Vila-matas

    Al sur de los párpados, de Vila-matas

    Por fin ya he terminado la novela maldita de Vila-matas, su tercera obra, incluida dentro de la compilación titulada En un lugar solitario, que contiene sus cinco primeros libros. Puedo decir, tras haber leído ya mucho de la obra del autor, que Al sur de los párpados es sin duda la peor de sus novelas, y que con razón la intentaba ocultar a todo posible lector. De hecho, yo si hubiera sido él no la hubiera incluido en la compilación. De hecho, en su día, no la hubiera publicado. Porque en el fondo se trata únicamente de un ejercicio de estilo, donde trata de emular la escritura que haría un escritor demente, o drogado, o tal vez ebrio (cosas estas no del todo improbables, en aquella época) que tiene una enfermiza relación con su mujer y las demás féminas de la obra.

    La obra es una alucinación. Un conjunto de frases inconexas, donde Vila-matas nos da un muestrario de su impericia como escritor –hablamos de aquella época remota donde Vila-matas no era aún vilamatiano– que se toma demasiado en serio a sí mismo, que tiene ganas de demostrar algo, aún no sabe muy bien el qué, y que trata de hacer una novela demecial como si no hubiera existido Burroughs o toda la jodida generación Beat estadounidense. Este Vila-matas surparpadiano es un cruce entre un mal Bukowsky y Rimbaud pasando por Hemingway, que se queda en una tierra de nadie. Un dolor literario. Releyendo sus páginas, intento adivinar qué quería decir exactamente el autor, a qué sentimiento trata de aferrarse como argamasa de la estructura de la obra, qué tipo de mensaje nos quiere transmitir… pero no lo comprendo, o sí lo comprendo, es una locura propia de una obra de juventud, el manuscrito de un joven autor con ínfulas d’enfant terrible de la literatura española.

    Lo que está claro es que Vila-matas quiere huir del realismo español imperante de las novelas que pululaban en aquellos días en la piel de toro. No quiere ser Cela, desde luego. Quiere ser un escritor francés, tal vez maldito, sobretodo de culto. Necesariamente marginal. Pero la novela es un sopor; he estado haciendo esfuerzos para acabarla, y porqué no decirlo, «disfrutándola» entre bostezos al mostrar los errores y horrores de un escritor que después se convertiría en uno de los grandes. Pero la verdad, si yo hubiera conocido a Vila-matas con esta novela, no le hubiera leído nunca más. Así que huid de Al sur de los párpados, rechazadla; no os perdéis nada, si acaso un galimatías pretencioso que lejos está de los sublimes galimatías pretenciosos que posteriormente tuviera a bien escribir Vila-matas, como los bartlebys, montanos o pasaventos, que tan profundamente calan en la memoria de sus lectores.

    Al sur de los párpados es una novela de transición que no debiera haber salido del gabinete del escritor. Un ejercicio de estilo, como ya dije al principio, un divertimento que debiera haberse quedado en el cajón. Tal vez hoy día podría haberlo reescrito su autor y hacerla más legible, definiendo mejor a los personajes, en particular a esa Eva que de vez en cuando se intercala en el relato, o a esa Joyce, o Elena, o la madre. Todo está como desdibujado, como teñido por una neblina que nos impide ver por completo el extraño mundo que nos narra Vila-matas. Pocos personajes masculinos encontramos en la novela, a excepción de los poetas argentinos y a sí mismo, Stein, o Stan, pues no queda claro hasta bien entrada la novela el nombre real del personaje.

    En conclusión, para no extenderme más, Al sur de los párpados es una mala novela. La peor de su autor, que hubiera hecho bien en quemar toda la primera edición de la misma y prohibir su inclusión en el volumen de En un lugar solitario. Nos sirve, eso sí, para evaluar el proceso de transición del autor; es decir, el proceso de convertirse en escritor, tal como nos cuenta en el prólogo del libro: el proceso de sentarse cada día y obligarse a escribir para terminar su tercera novela. Pero si lo que queréis es disfrutar con una novela de Vila-matas, leed otra cosa, tal vez su París no se acaba nunca, que se acaba de reeditar, o su Bartleby y compañía, pero jamás, jamás, leáis Al sur de los párpados. Odiaréis a Vila-matas.

  • Comentarios sobre la Utopía de Tomás Moro

    Comentarios sobre la Utopía de Tomás Moro

    Utopía era una isla descrita por Thomas Moore (Tomás Moro en castizo) en 1516, unos años después de que Colón descubriera América, con lo que posiblemente el inglés pudo jugar a describir este no-lugar como algo verosímil, como algo que podría llegar a ser verdad en tierras ignotas. Porque Utopía es un no-lugar; algo que solo puede funcionar en las páginas de su libelo, pero jamás en la realidad. Cosa poco novedosa en la historia de la literatura y el pensamiento, que ya le pasó a Platón con su República, escrita desde el rencor a sus pares tras la muerte de Sócrates.

    Sea como fuere, pensar en un mundo mejor y más justo no es nuevo, no es de ahora que nos preocupamos sobre el sistema de gobierno en animada asamblea callejera, que ya algunos se dejaban la garganta en el ágora en los tiempos de Pericles. Hoy como ayer, y previsiblemente como mañana, la lucha de clases es lo que mantiene el motor de la creatividad humana engrasado y en marcha. Las enormes fuerzas que ejercen los estamentos de poder –antaño la aristocracia, más tarde la religión, y hoy «los mercados»– que se enfrentan a las fuerzas que no ostentan el poder, pero que en número pueden doblegar al estamento superior. Ley natural, el pez grande se come al chico. Pero se necesitan ambos: el grande y el chico. Ojo, con esto no justifico que deba existir una estructura social piramidal, solo constato el hecho indiscutible de que de la lucha social surgen los movimientos que hacen progresar a la humanidad.

    En la Utopía de Tomás Moro no hay lucha de clases, por tanto, no hay progreso ni retroceso: viven en un eterno retorno, como diría Mircea Elíade. Ningún espíritu libre de la isla podrá revelarse contra injusticia alguna, dado que no hay nada de qué quejarse y porque dicho espíritu no podrá imaginar mayor libertad de la que ya goza. ¿Verdad? Pues no. En la isla de Utopía no se contempla algo consustancial al ser humano: la envidia, la mezquindad y la pereza. Digo más, en la isla de Utopía no se discute el hecho necesario de disponer de fuerza de trabajo obligada: los esclavos. Como todos y cada uno de nosotros, somos hijos de nuestro tiempo, y lo que se percibe aceptado por la mayoría en nuestro tiempo se nos antoja como la ley natural. Que haya esclavos es lo natural, ya lo dijo Aristóteles. 

    Así pues, la Utopía es una isla comunista sin ejército ni apego por los bienes materiales, con una población rural, trabajadora y medianamente culta que va rotando de casa en casa para no encariñarse demasiado de un lugar. Todo en este librito se nos puede antojar un despropósito ahora, si lo leemos desde la realidad de nuestro tiempo, pero esconde un profundo sentido reformador que lo transforma en revolucionario. En aquellos tiempos no había muchos que predicaran –aunque fuera veladamente– la libertad religiosa; ni tampoco existió una crítica tan feroz, pero a la par tan refinada, hacia sus gobernantes. En fin, son estas reflexiones a vuela pluma tras haber leído, en un par de noches, el libro de la Utopía del genial Tomás Moro.

  • Mi medida de las cosas

    Mi medida de las cosas

    Decía Nietzsche que la verdad, al igual que la moralidad, es una cuestión relativa: no hay hechos, solo interpretaciones. Claro está, que luego dijo bastantes cosas más, como lo del superhombre y la voluntad de poder que tanto gustaron al ideario nazi. Pero eso es otro tema, lo que quiero exponer es que la verdad y la realidad son relativas, y por tanto interpretables. Los hechos son reales, pero como son interpretables no son verdaderos. Difícil cuestión, casi sería mejor no pensar en ello y no quemarse el cerebro con estas cosas, que al final solo son palabras y definiciones que utilizamos para etiquetar todo aquello que nos rodea.

    Según el relativismo, existen tantas verdades como seres cognoscentes crean estar en la verdad. Hay tres tipos de relativismo: el específico, que depende de cada especie; el grupal, que depende de la civilización, clase social, sexo o edad; y el individual, que depende de cada individuo. Protágoras, un antiguo sofista griego contemporáneo de Sócrates, era el gran relativista. Suya es la famosa frase: «El hombre es la medida de todas las cosas», sentencia que aún hoy plantea varias interpretaciones, aunque yo me quedaré con la que dice que cada hombre establece una medida distinta para todo lo que le rodea, por lo que no hay medidas iguales, sino individuales. Lo que yo pienso que es verdad puede ser interpretado como falso por cualquier otro. Mi noción de lo correcto, lo justo y lo noble puede ser vista como algo abominable por otra persona con otra educación, creencia o sistema de valores. Por tanto, ¿qué es verdad?

    Todo esto viene al caso a raíz de los recientes acontecimientos en Madrid, Lisboa y otras capitales europeas: las protestas ciudadanas ante los recortes. Para mí hay una realidad indiscutible: existen recortes en educación y sanidad difícilmente justificables. Para otros habrá una realidad distinta: el despilfarro de los años anteriores ha elevado la deuda pública a niveles tan desproporcionados que es obligado recortar en educación y sanidad. ¿Cuál es la verdad? Un espectador objetivo tal vez diría que las dos realidades son verdaderas, y que tanta razón tienen unos como otros. Pero la interpretación del espectador objetivo es más verdadera que la mía o la de mi contrario? ¿no hemos quedado en que no hay hechos, sino interpretaciones, y por tanto toda verdad es relativa?

    ¿En qué punto de la teoría relativista tenemos que parar y tomar partido? Tal vez debamos abrazar otras teorías y alejarnos del relativismo de Protágoras, que tanto nos ha servido, para irnos a la ética de Epicuro, por poner un ejemplo. Según la ética epicureísta toda persona debe buscar la felicidad, alejándose del miedo y persiguiendo el placer. ¿Qué podría hacernos más felices, disponer de mejor educación y sanidad o bien quitarnos de encima nuestras deudas? Algunos dirán lo primero sin dudar, pero si lo pensamos bien lo segundo también nos puede dar felicidad, doble además, puesto que una vez pagada la deuda, se puede invertir de nuevo en sanidad y educación, mientras que si atendemos solo a lo primero la deuda no parará de crecer, con lo que nuestra felicidad será falsa: tendremos el miedo a las represalias por no poder pagar.

    Sucede que varios expertos han dicho ya que la deuda, por ser tan enorme, es impagable. Que aunque vayamos con toda la buena fe del mundo a hacer frente a nuestros acreedores internacionales, no hay dinero suficiente para pagarla, y aún más, que no para de crecer por culpa de los intereses. Esto abre un nuevo paradigma, puesto que hay una razón de peso para inclinarse del bando de los que no quieren pagar, puesto que aunque quisieran, no pueden. ¿Pero adónde nos conduce esto? Pues esa pregunta no es fácil contestarla hoy en día. En otras épocas, los países a los que les debemos dinero nos hubieran invadido, estaríamos asimilados, ya que tampoco habría cómo pagar al ejército. En épocas más recientes, los países pobres que pedían créditos para acelerar su desarrollo y que luego no podían devolver se convertían en la práctica en países títeres: las llamadas repúblicas bananeras. Queda por ver qué les puede suceder a países teóricamente ricos como el nuestro. Tenemos el ejemplo de Islandia, pero como es un país tan pequeño, no parece que podamos importar su política sobre la deuda a éste país de 47 millones de habitantes.

    Lo que va a pasar en Europa en los próximos meses será un acontecimiento histórico, puesto que lo que hagamos los ciudadanos y los gobiernos sentará cátedra para el futuro. Lo que Europa haga con países que no puedan pagar sus deudas, como previsiblemente suceda con España, Grecia y Portugal, determinará lo que suceda con los demás países con deuda elevada. Si Europa da manga ancha y perdona la deuda se interpretará como signo de debilidad; si exprime aún más a éstos países se interpretará como signo de autoridad, y todo el mundo puede ver que la autoridad la ejerce Alemania.

    Conviene por tanto estar muy atentos a lo que pase. El clima de revuelta social está todavía muy tibio y festivo para que ocurra una desgracia, a pesar de lo que parezca por las imágenes y los vídeos de los días pasados; pero el creciente autoritarismo de gobiernos y entidades supranacionales como el BCE y el FMI, que no han sido elegidas democráticamente por nadie, no auguran nada halagüeño. Pero como dijo Protágoras, esta es mi medida de todas las cosas, así que mis interpretaciones son solo eso, percepciones sesgadas de una realidad distinta de la que viven los demás.

  • Economía, cultura y sociedad

    Economía, cultura y sociedad

    No hay más que echar un vistazo a las noticias del día para comprobar que en la mayoría de ellas se hace una referencia económica. No hablamos, por ejemplo, del valor cultural del teatro, el cine o la literatura española en relación a su calidad, sino de si se venden más entradas y su valor económico aumenta. Si algo mueve dinero, nos es útil, es importante; luego se habla de ello. ¿A qué viene sino, tanto jaleo con la cultura gastronómica? Pues por el dinero que mueve a través del turismo, y por la exclusividad de los restaurantes que ofertan este tipo de comidas, prohibitiva y excluyente (luego apetecible y deseable) que no por la cultura que promueve en sí, dado que yo al paladear, saborear y tragar no lo percibo como cultura. 


    Pero así es como entra el lenguaje económico al lenguaje común –la industria de la cultura– porque día tras día nos están vomitando, a través de los medios de comunicación, multitud de conceptos de empresa o de tecnología. Por ejemplo: ahora los “megapíxeles de una cámara” han sustituido al arte de “tomar buenas fotos”; la capacidad de un equipo informático define lo que puedes hacer con él, incluso te incluye en un grupo (la acérrima defensa de cada sistema que hacen los usuarios de Mac, Windows y Linux me da la razón); las ventas de la flamante nueva autora de misterio han sustituido a la literatura clásica… y también a la buena literatura de hace no más de tres años: la novedad lo es todo; el exabrupto del mal cómico sustituye al comediante clásico que se desvanece junto con los textos de Plauto. Sin embargo esto no es nuevo, aunque ahora lo tengamos tan presente. 


    Lo denuncia Vargas Llosa en su Civilización del espectáculo, y tengo que darle la razón, estoy de acuerdo: la industria cultural ha matado a la cultura. Pero además, ha pervertido nuestro lenguaje, no sólo el del lector o el crítico, sino el de cualquiera, que al entender cualquier creación artística como producto, la valora según su precio. Esto es aún más visible en el mundo de las subastas de arte, donde no se compran cuadros o esculturas, sino formas de pertenecer a un grupo privilegiado (el escandaloso precio que se ha pagado por El grito de Munch me vuelve a dar la razón); a través del arte se compra un estatus, esto es: justificando un interés artístico nos posicionamos en un escalón más refinado y culto, con la intención de que nos vean desde abajo. 


    Ya no nos interesa la cultura para aprender y deleitarnos, sino para pertenecer al grupo de los cultos, los últimos apreciadores del arte, los endogámicos intelectuales que, por encima de todo, valoran la cultura del dinero. Y desde luego, también nos gusta comer bien, hasta el punto de inventarnos la cultura del buen comer. ¡Ahí es nada! Otro tanto puede decirse de la industria de la moda. Como nos gusta vestir bien, nos creamos unas ropas excluyentes que poca gente en su sano juicio acaba poniéndose. El vestir bien es lo de menos, lo importante es que te vean: tú mismo como espectáculo, como parte de un grupo de privilegiados, de apreciadores, de gente «que sabe». 


    Así que para cuando insultar sea considerado un arte –al paso que vamos será pronto– también nos inventaremos la industria del insulto, y se pagarán auténticas fortunas para disfrutar en exclusiva de los mejores insultos; pero no porque genuinamente nos gusten, sino porque será la novedad para seguir perteneciendo al endogámico grupo de los cultos. No hay que pararse a pensar, ni un minuto, en que la cultura no pertenece a ningún grupo, sino que, como la felicidad, no existe sino en los breves instantes en que la percibimos, como un soplo de viento, y siempre es individual: nadie percibe las mismas sensaciones que otras personas. No existen grupos ni elites culturales, solo gente con ganas de notoriedad, estatus e ínfulas de intelectual.
  • El amor y el dinero

    El amor y el dinero

    El ser humano está dotado de una infinita capacidad de amar, proporcional a la capacidad de odiar. Vivimos en un mundo en que es muy fácil odiar y ser odiado, pero muy difícil amar y ser amado. La causa de esto podría ser el egoísmo e individualismo imperante en las llamadas sociedades de consumo, donde tener el mayor número de bienes es sinónimo de éxito, y por añadidura, felicidad. Poseer cosas nos hace fugazmente felices, un instante que dura hasta el siguiente anhelo por conseguir un nuevo objeto de deseo. Con las personas intentamos hacer lo mismo, pero en la mayoría de las veces, éstas no se dejan comprar. Por eso odiamos más que amamos: nos es difícil cambiar el mecanismo por el que obtenemos éxito, basado en el dinero, por otro mecanismo basado en el amor.
    El amor es un sentimiento muy profundo, donde se mezcla la dicha por experimentar una atracción y un deseo por otra persona, y el temor a la pérdida o la renuncia de la misma. Podemos ignorar la pulsión del amor y vivir sin temor a la pérdida, con una existencia segura, fría y mecanizada. Tal vez para Kant esto sería lo deseable, pero aún así por los recovecos del alma se filtran las llamaradas del amor. Todos tenemos derecho a amar, a ser amados, a disfrutar de un sentimiento pleno. Pero a la vez, todos somos egoístas: queremos que nos amen, pero no queremos perder nuestra independencia, porque amar significa ceder parte de ésta, significa depender, en mayor o menor medida, del otro. Significa ceder parte de nuestra soberanía como individuo, formar un equipo, velar y cuidar del otro, sin la seguridad de obtener nada a cambio. Con los objetos tenemos la seguridad de tener un placer inmediato: su disfrute. Con las personas tenemos la seguridad de la incerteza; nunca se conoce lo suficientemente al otro. Amar es tomar partido, es asumir riesgos.
    Se dice que vivimos en un mundo donde amamos las cosas y usamos a las personas, en lugar de usar las cosas y amar a las personas. Parece ser cierto. Pero también vivimos en un mundo cambiante, donde el único valor inmutable es el dinero: tenerlo nos da la seguridad de seguir viviendo con cierta dignidad. El egoísmo que podemos observar, la mezquindad reinante, la pasión por la acumulación, tienen su razón de ser en un mundo capitalizado por el éxito que conlleva la posesión de dinero. Los bienes materiales siempre fueron importantes en todas las épocas, pero jamás tanto como en la actual. Estudiando a los antiguos y a los clásicos advertimos que, efectivamente, el dinero era importante para hacer grandes proyectos. Pero era un medio, no un fin. Los grandes pensadores del pasado, enormes escritores, irrepetibles pintores… en cuestiones económicas se nos pueden antojar como pobres miserables, pues no era su intención tener dinero, como fin, sino utilizar dinero como medio.
    Cierto es que también había personajes que acumulaban ingentes cantidades de dinero, joyas y demás lujos, como los faraones en sus tumbas, pero no era el fin último de todas las sociedades. Antes era la familia el bien más preciado; ahora se nos impone, como modelo, por estamentos adinerados que jamás formaron familias. Antes se amaba desinteresadamente, ahora se eligen personas de listas de candidatos virtuales. Hay un cambio de paradigma en muchos ámbitos: económico, informativo, social. Pero el amor ha sido el gran derrotado, y no por el odio, su gran enemigo, sino por el egoísmo, común a ambos sentimientos, que nos lleva a la acumulación de bienes, como fin, no como medio. Cabría preguntarse porqué hemos aprendido a acumular, a asumir como normal que el dinero es un fin, y como se ha hecho extensible éste sentimiento en todas las sociedades. Cabría preguntarse porqué hemos conseguido arrinconar, junto a la ética, al amor, en las antípodas de nuestra sociedad.
  • Demócrito

    Demócrito

     
    Demócrito
     
    “Cual Demócrito sabio,
    autor del bello estilo y docta frase,
    y sobre todo, del hablar festivo.”
                                         Timón
    Según cuentan los cronistas antiguos, Demócrito (460-370 a. C.) fue discípulo de Leucipo, el fundador del atomismo. Demócrito desarrolló la teoría atómica de Leucipo, utilizando para ello la razón y la observación de la naturaleza, pues era uno de los mayores filósofos naturalistas de la época. De Leucipo se sabe muy poco. Diógenes de Laercio nos cuenta que fue contemporáneo de Empédocles y Anaxágoras, y discípulo de Parménides, que era de Mileto, aunque algunos historiadores lo sitúan en Abdera, como el mismo Demócrito, e incluso en Elea. Lo cierto es que apenas conocemos al maestro de Demócrito, y algunos –como Epicuro– dudan de su existencia.
    Algo más podemos contar de Demócrito, a pesar de que se perdiera toda su obra. Dilapidó la herencia familiar en numerosos viajes por Egipto y Persia; podría incluso haber llegado a la India y Etiopía; y como si de un antiguo Marco Polo se tratase, conoció muy diferentes culturas y aprendió de grandes maestros, para acabar volviendo a su tierra natal totalmente arruinado y a merced de la caridad. Mal asunto; según parece, un ciudadano que no pudiera pagarse su entierro porque hubiera malgastado todo su patrimonio no podía recibir sepultura en su patria, por lo que Demócrito tuvo que leer su Gran Diacosmos antes de su muerte, para recibir un premio de 500 talentos con los que lograr costear su entierro. Finalmente su sepelio lo pagó el pueblo, pues al parecer había acertado en algunas predicciones, cosa que encandiló a sus conciudadanos. Su hermano Damasto cuidó de él hasta su muerte, y según nos cuenta Diógenes de Laercio, vivió más de noventa años.
     
    El filósofo que se ríe
    Son muchas las anécdotas que nos han llegado de Demócrito. Al parecer siempre estaba contento, riéndose a menudo de todo lo que veía. Tal era su alegría que llamaron a Hipócrates para saber qué le pasaba, pues creían que estaba enfermo de alguna extraña dolencia. Pero cuando Hipócrates lo vio y le hubo tratado, concluyó: “A éste hombre no le pasa nada. Simplemente es feliz”. Diógenes de Laercio nos cuenta que se quedó encerrado con un buey que trajo su padre a sacrificar, y no se dio cuenta de ello hasta que volvió a recogerlo para el sacrificio, varios dias después. Debía ser realmente un tipo alegre, a tenor de lo que se puede adivinar en uno de los fragmentos de su obra (el 230) donde dice que “una vida sin regocijo, es como un largo camino sin posadas”.
    Está considerado como un filósofo presocrático, aunque fue contemporáneo de Sócrates y Platón, a pesar de que éste último no lo citara en sus diálogos. Según Aristóxeno, Platón quiso quemar los escritos de Demócrito una vez éste hubo muerto. ¿Porqué querría Platón destruir la obra de un filósofo contemporáneo de su tiempo? ¿Tan diferentes eran estos dos pensadores griegos? ¿Tal vez fuera envidia? No hay que olvidar que Demócrito era un autor enciclopédico, con una basta obra escrita, y al parecer muy amena, que además gozaba de la admiración de sus congéneres. ¿Se sentiría acaso Platón un tanto despreciado? Hay que tener en cuenta que Sócrates, el maestro de Platón, fue condenado a muerte; en cambio Demócrito murió anciano y en paz, y muchos pitagóricos conservaron su obra, que por aquél entonces estaba muy difundida. Esto fue lo que hizo a Platón desistir en su empeño para relegar la obra de Demócrito al olvido. Solo lo conseguiría su escuela, que no tuvo interés en que su obra perdurara.
     
    ¿Cuál es el comienzo del universo?
    Esa era la principal duda de Tales de Mileto, considerado el primer filósofo, y que traería de cabeza a todos los filósofos posteriores, que la estudiaron con desigual fortuna. Para saber de qué estaba hecho el universo, había que preguntarse otra cuestión: ¿cuál era el principio común a todas las cosas? El mismo Tales se aventuró a darse una respuesta pues, según él, dicho principio o arché era el agua. Para Heráclito en cambio, sería el fuego. Empédocles proponía la tierra, el aire, el agua y el fuego. Para Demócrito, ese principio era el átomo: una partícula indivisible que no podía crearse ni destruirse. El átomo, vocablo proveniente del latín atomum –que a su vez viene del griego ἄτομον– significa algo que no es divisible. Así pues, según Demócrito y los atomistas posteriores, el universo está formado por una materia compuesta de partículas indivisibles llamadas átomos. Tan revolucionaria teoría, por extraña y a la vez tan próxima a la explicación científica, fue relegada al olvido a favor de las teorías metafísicas aristotélicas. Bien es cierto que tanto Demócrito como sus coetáneos basaban toda su doctrina en la observación de la naturaleza, por lo que el razonamiento utilizado para argumentar esa teoría no tiene ninguna validez científica, pero igualmente nos sorprende que un griego que vivió hace 2400 años tuviera una idea tan revolucionaria, sin utilizar ningún dios ni demiurgo, ni tratar de hacerla coincidir con las matemáticas.


    Foto de portada: Evan Karageorgos on Unsplash