Blog personal de Xavier Carrascosa, amb articles sobre arts & humanitats, disseny, jocs, i llibres.
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Hermoso, Mario Monti
No hace muchos días Mario Monti, primer ministro –no electo– de la República Italiana, dijo: “Digamos la verdad: ¡qué aburrido es tener un puesto de trabajo fijo toda la vida! Es más hermoso cambiar”Sabe de lo que habla, Monti trabajó en muchos lugares ocupando distintos cargos a lo largo de su trayectoria: Bruegel, Goldman Sachs y Coca-cola, entre otros; antes de que el dedo francoalemán lo señalara como futuro líder de Italia, sucediendo al despojo moral de su antecesor, Silvio Berlusconi que, por cierto, no está en prisión cumpliendo condena por haber llevado a su país a la bancarrota, ni por su prostíbulo encubierto de velinas televisivas, ni por sus métodos mafiosos y sucios. Muy al contrario, está ahora mismo en su mansión disfrutando de los encantos de la última de sus conquistas, la actriz Aurora Cossio.Pero no nos desviemos del tema: Super Mario, que así se le llamaba cuando tomó el poder italiano, es un economista puesto a dedo al cargo de un país a mayor gloria de la banca, los mercados y las agencias de rating. Representa el triunfo del neoconservadurismo ultraliberalista, que está dispuesto a no dejar títere con cabeza, desmantelando todos los derechos y libertades ganados a pulso tras la segunda guerra mundial. Este halcón de Goldman Sachs es el que debe poner coto a la elevadísima deuda del país transalpino, el equivalente al 120% de su PIB. ¿Qué mejor para ello que atemorizar a los jóvenes con la precariedad de por vida? ¡Qué apropiado sumirles en la desesperanza y proclamar así, sin perder la sonrisa, que jamás van a poder comprar una casa y formar una familia!He aquí mi carta pública para el señor Mario Monti y su gobierno de tecnócratas, que hago extensible a todos los que han participado para ponerlo al frente de un país, sin elecciones, aprovechando que el presidente anterior era un fantoche:«Sí, Mario, no merecemos tener un trabajo estable ni albergar muchas esperanzas en que los políticos van a solucionar nuestros problemas. ¡Ni tu eres un político ni has dejado nunca de cobrar de nosotros! Te pagan los ciudadanos, Monti, los mismos que extorsionas, que aleccionas, que desprecias desde tu cátedra de economista del shock. Ventajas de ser amigo del dinero, vergonzante adinerado, que te atreves a quitarnos el trabajo fijo –y con ello nuestro sustento– porque encuentras más hermoso el cambio. ¿El cambio para qué? ¿El cambio hacia dónde? ¿A la miseria? ¿A la delincuencia?
Como diría un viejo italiano mejor que tú –no es difícil encontrar a alguien mejor que tú en Italia, Mario– y que de resucitar ahora abominaría de ti y de tu gobierno: «Cui prodest?» «¿A quién beneficia?» Esta simple pregunta, pronunciada por Lucio Casio Ravilla y popularizada por Cicerón, es la que él mismo te haría en el foro, tal vez antes de lanzarte a los leones. Pero eres muy bueno en tu trabajo, Mario, incluso a los tuyos haces llorar con tu doctrina, como hizo tu ministra de trabajo, Elsa Fornero, tras aprobar tus ajustes. Lágrimas de cocodrilo, sí, pero da una idea de la devastación que provocas. Eres un ser amoral, Mario Monti, permíteme que te ilustre lo que eres, lo que significa tu existencia y tu utilidad en este momento, tal vez nadie te lo haya dicho porque se haya quedado sin trabajo y esté –disfrutando– del desasosiego de encontrar otro empleo; esa hermosa sensación que dices que los jóvenes tenemos que experimentar. Valiente sinvergüenza.
Representas, Mario, a la escoria económica, política y social de tu tiempo, del tiempo que nos ha tocado vivir. A nosotros nos ha tocado sufrirte, a ti y a los de tu calaña; os ha tocado destruir todo lo que tan pacientemente se ha construido. Para vuestra vergüenza todo este tiempo quedará grabado en las crónicas de la infamia, vuestro epitafio servirá como recordatorio permanente de hasta qué niveles de indecencia pueden albergar los parásitos económicos a los que protegéis. Vuestra vida nos cuesta vidas, vuestro trabajo nos cuesta trabajos, vuestra alegría nos cuesta alegrías. Ya os llegará el momento de llorar, tal como lo hacemos ahora los demás, y suplicar nuestro perdón. La historia os juzgará severamente, por plantar las bases de la podredumbre, la precariedad y la servidumbre bancaria a la que nos habéis sumido en esta esclavitud económica, que parece llevarnos, sin remedio, a una segunda edad media donde la religión cristiana se ha visto sustituida por el Dios Dinero. Eres un buen profeta de esta nueva religión; tu fe nos muestra el camino, tu palabra nos da la fuerza. Ya verás en qué la empleamos.» -
El miedo
Confieso que tengo miedo, no me cuesta admitirlo. El miedo siempre ha formado parte de mi vida, pero ahora lo noto mucho más presente, más activo, como si se hubiera pasado una temporada en el gimnasio y volviera a mí con mayor fuerza: unos bíceps de pavor desmesurado, unos pectorales de espanto aletargado; posee unos dientes aún más afilados que antaño. El miedo juguetea con morderme en el cuello cual vampiro; de hecho, tal vez ya esté vampirizado por él, y por eso actúo como un autómata por su artificio, incapaz de tomar decisión alguna sin consultárselo antes. Soy dependiente del miedo, me consume, me incapacita, me vuelve un inútil que se pasa las horas frente al ordenador buscando retazos de libertad que me liberen del miedo.El miedo vive junto a mí, lo noto justo detrás, pegado a mi espalda, siento su aliento caliente en la nuca. Por las noches me arrulla hasta que me duermo, por las mañanas me despierta puntualmente. Me susurra para que me tranquilice: «nada has de temer, yo siempre estaré a tu lado, conmigo nunca estarás solo». Tengo miedo de perder el empleo y por eso sonrío al jefe cuando me asegura que todos tenemos que apretarnos el cinturón. Siento terror ante la posibilidad de quedarme sin dinero y no poder pagar el alquiler. Palidezco al leer un periódico, al ver las noticias por la televisión, al escuchar a los agoreros de la nueva economía. El miedo actúa como motor; yo formo parte del engranaje y tengo que decir que cumplo fielmente con lo que se espera de mí: produzco, obedezco, callo, sonrío y finjo.Como si tuviera el síndrome de Estocolmo, siento simpatía por el miedo. Ha logrado vencer mis últimas barreras. Reconozco que he vivido por encima de mis miedos; antes creía en el esfuerzo, el trabajo y la justicia, pensaba –qué ordinariez– que los ciudadanos éramos dueños de nuestras vidas, que teníamos derechos incuestionables, que estábamos seguros ante la enfermedad o el desempleo, y que éramos iguales ante la ley. Pero ahora ya no pienso en vacuas ilusiones, todo eso terminó. Vivo acorde con mi miedo, y bailo al son de su música, acompañado por su hipnótica sombra. Danzo hacia un pozo oscuro alejándome de mis ilusiones y esperanzas, si es que alguna vez tuve el derecho a poseer tales cosas. «No te preocupes, nunca estarás solo», me repite mi eterno compañero, el miedo. -
Nada hay que temer
Dice Zygmunt Bauman en su «Modernidad líquida» que el individualismo y la precariedad son las actuales características de nuestra sociedad. Mirando un poco a nuestro alrededor y contemplando el devenir de los acontecimientos, parece que el viejo pensador tiene más razón que un santo. El sistema capitalista quiere que no estés seguro, que te muevas, que seas líquido, porque «los sólidos conservan su forma y persisten en el tiempo: duran, mientras que los líquidos son informes y se transforman constantemente: fluyen».Con una precisión en el tiempo asombrosa, Naomi Klein pone nombres propios a las afirmaciones de Bauman gracias a su libro «La doctrina del shock», donde nos dice que los grandes desastres económicos del presente están siendo usados para invertir el progreso social mediante reformas impopulares. Esto se está viendo desde hace algunos años, aunque ahora parece que han apretado el acelerador: la precariedad laboral es la norma, la subida del coste de la vida es el castigo, el recorte de servicios públicos es el precio. Todo en aras de no perder la calidad de vida, según la clase política, económica y la muy preocupante clase periodística.Si el cuarto poder hiciera su trabajo, podríamos saber a qué nos enfrentamos, pero el cuarto poder (periódicos, televisiones, radios, etc.) está en manos de los agentes económicos. Si estos dejan de publicitarse en los medios de comunicación, estos desaparecen, para lo cual se plegan a los designios de aquellos por los que existen, que ya no son los lectores o espectadores, sino los anunciantes. Pocas noticias críticas verás contra El Corte Inglés, Banco Santander o La Caixa; aunque sean muy noticiables ellos: precariedad laboral y amenazas a empleados en el primero, engaños masivos a pequeños inversores y prejubilaciones de directivos insultantes en los segundos. Hay motivos para la movilización social, pero esta no aparece excepto en pequeñas dosis anecdóticas a las cuales respetamos pero no nos sumamos, como el movimiento 15M.Las razones al inmovilismo caben buscarlas en las explicaciones de Bauman y Klein: la individualidad, la precariedad, el miedo. Las tres forman un cóctel lo suficientemente paralizante como para que no nos sumemos a ninguna iniciativa social (individualidad), ni a rechazar un trabajo con condiciones abusivas (precariedad), ni a pelear contra la injusticia galopante (miedo). Se tiende a pensar que, después de todo, no estamos tan mal si nos comparamos con otras épocas u otras sociedades. Estamos asistiendo a la claudicación voluntaria de las libertades pensando que con ello podremos vivir mejor, pero no es difícil comprobar que sin libertades se tiende a vivir peor. La razón de todos los males parece ser la ausencia de crédito, el motor del sistema capitalista, ya que sin él nada funciona, nada puede hacerse y nadie asegura nada.Uno de los pocos reductos que todavía gozan de una libertad asombrosa son las redes sociales, con Twitter y Facebook a la cabeza, gracias a los cuales se está generando una inteligencia global capaz de darse cuenta de todos estos cambios, pero incapaz de hacer algo para oponerse a ellos. Tan solo sociedades con lazos familiares más fuertes (esto es, menos individualistas) como las árabes han podido usar eficazmente las redes sociales para cambiar su realidad. La pregunta es ¿qué nos queda esperar a los que sabemos que esto no puede ocurrir en nuestras sociedades capitalistas? ¿Dónde pondrán el límite los agentes económicos? ¿Hasta qué punto nos harán retroceder en el tiempo? En mi opinión, hasta el punto de poder seguir comprando bienes y servicios (somos útiles porque somos consumidores), pero con muchas limitaciones al acceso a lujos, a la prensa libre y a la seguridad social.
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