Mes: octubre 2012

  • Comentarios sobre la Utopía de Tomás Moro

    Comentarios sobre la Utopía de Tomás Moro

    Utopía era una isla descrita por Thomas Moore (Tomás Moro en castizo) en 1516, unos años después de que Colón descubriera América, con lo que posiblemente el inglés pudo jugar a describir este no-lugar como algo verosímil, como algo que podría llegar a ser verdad en tierras ignotas. Porque Utopía es un no-lugar; algo que solo puede funcionar en las páginas de su libelo, pero jamás en la realidad. Cosa poco novedosa en la historia de la literatura y el pensamiento, que ya le pasó a Platón con su República, escrita desde el rencor a sus pares tras la muerte de Sócrates.

    Sea como fuere, pensar en un mundo mejor y más justo no es nuevo, no es de ahora que nos preocupamos sobre el sistema de gobierno en animada asamblea callejera, que ya algunos se dejaban la garganta en el ágora en los tiempos de Pericles. Hoy como ayer, y previsiblemente como mañana, la lucha de clases es lo que mantiene el motor de la creatividad humana engrasado y en marcha. Las enormes fuerzas que ejercen los estamentos de poder –antaño la aristocracia, más tarde la religión, y hoy «los mercados»– que se enfrentan a las fuerzas que no ostentan el poder, pero que en número pueden doblegar al estamento superior. Ley natural, el pez grande se come al chico. Pero se necesitan ambos: el grande y el chico. Ojo, con esto no justifico que deba existir una estructura social piramidal, solo constato el hecho indiscutible de que de la lucha social surgen los movimientos que hacen progresar a la humanidad.

    En la Utopía de Tomás Moro no hay lucha de clases, por tanto, no hay progreso ni retroceso: viven en un eterno retorno, como diría Mircea Elíade. Ningún espíritu libre de la isla podrá revelarse contra injusticia alguna, dado que no hay nada de qué quejarse y porque dicho espíritu no podrá imaginar mayor libertad de la que ya goza. ¿Verdad? Pues no. En la isla de Utopía no se contempla algo consustancial al ser humano: la envidia, la mezquindad y la pereza. Digo más, en la isla de Utopía no se discute el hecho necesario de disponer de fuerza de trabajo obligada: los esclavos. Como todos y cada uno de nosotros, somos hijos de nuestro tiempo, y lo que se percibe aceptado por la mayoría en nuestro tiempo se nos antoja como la ley natural. Que haya esclavos es lo natural, ya lo dijo Aristóteles. 

    Así pues, la Utopía es una isla comunista sin ejército ni apego por los bienes materiales, con una población rural, trabajadora y medianamente culta que va rotando de casa en casa para no encariñarse demasiado de un lugar. Todo en este librito se nos puede antojar un despropósito ahora, si lo leemos desde la realidad de nuestro tiempo, pero esconde un profundo sentido reformador que lo transforma en revolucionario. En aquellos tiempos no había muchos que predicaran –aunque fuera veladamente– la libertad religiosa; ni tampoco existió una crítica tan feroz, pero a la par tan refinada, hacia sus gobernantes. En fin, son estas reflexiones a vuela pluma tras haber leído, en un par de noches, el libro de la Utopía del genial Tomás Moro.

  • Rajoy lleno eres de gracia

    Rajoy lleno eres de gracia





    Descarga el libro: versión ePub – versión Kindle (Amazon, noviembre 2012)

    He hecho una recopilación de mis artículos sobre política escritos desde el debate electoral de 2011 entre Rubalcaba y Rajoy hasta la víspera de la huelga general del 14N.

    Hay dos motivos por los cuales me he decidido a hacer esta selección: para tener una visión de conjunto de lo que ha supuesto este primer año de gobierno del PP y porque quiero dejar de hablar de Rajoy. Creo que hablar tanto del personaje y dedicarle tantas páginas no vale la pena. Es un cadáver político que goza de una salud excelente, pero que no tiene ningún poder real debido a su buscada mediocridad. 

    En fin, sirvan estas páginas para ilustrar el principio del fin de la autoridad política en España, que comenzó con Zapatero y se perfeccionó con Rajoy. Eso si, de forma muy democrática. No nos podemos quejar de nada… ¿verdad?

    La verdad es que tenemos derecho, al menos, al pataleo: indignarnos en animada asamblea, a la sombra del Congreso, mientras la policía nos toma los datos para acusarnos de atentar contra la autoridad. De esto y alguna otra cosa más es de lo que se habla en este libro.

  • La estética de la asamblea

    La estética de la asamblea

    Un grupo de miles de ciudadanos, cuatro gatos según la Delegación del Gobierno, han vuelto a congregarse en las cercanías del Congreso de los Diputados. Como la movilización no estaba autorizada a todos aquellos que la policía ha identificado se les sancionará por formar parte de actividades ilegales, y si me apuras un poco de traición a la patria. Curiosos tiempos estos donde educadamente se le dice a uno que tiene una libertad menos, con el beneplácito general de la masa. En el París de 1789 deberían haber avisado a la gente que sus manifestaciones eran ilegales, para que éstos –dóciles ellos– se hubieran ido a casa o hubieran hecho una sentada pacífica con batukada o tal vez un espectáculo clown, de esta forma tal vez hoy Francia aún sería una monarquía.

    Después de las presentaciones entre policías y manifestantes ha tenido lugar, según los organizadores, una Asamblea de la deuda y los recortes. Según mi parecer, un brindis al sol con mucha gente cargada de buena intención y pocas cosas nuevas que contar además de lo obvio y nula predisposición al debate. Porque a ver quién es el guapo que se planta ahí en medio de la asamblea para decir que el capitalismo, en esencia, es bastante bueno –al menos el que se desprende de las ideas de A. Smith y Keynes– y si lo comparamos con el comunismo, le gana de lejos. Otra cosa son los gestores y los neo-liberales católicos que salvan patrias cada día, y que tienen sus ahorros en paraísos fiscales.

    Si tan bueno es un sistema que defiende la igualdad, pues vayámonos todos a Corea del Norte, que es una república democrática según el papel (una dinastía comunista según la realidad), o vayamos al paraíso del pueblo que es China, una república popular sobre el papel (y una dictadura capitalista en la realidad). Pero estas cosas, mejor no decirlas en asambleas donde se decide que el sistema está muy mal y hay que cambiarlo por otra cosa. Cosa todavía por descifrar. Son parodias de tertulias catódicas, pobladas de idealistas sin ninguna intención de llevar a cabo ni una sola de las propuestas. Somos incapaces de desprendernos del iPhone, cuanto menos de desprendernos del nivel de vida que nos proporciona el capitalismo. Tuitear consignas comunistas desde un teléfono fabricado en condiciones inhumanas en China como mínimo debiera cuestionar la lógica y la moral del tuiteador. Nada de eso sucede, se aplica la máxima: disimula, sonríe y finge. 

    Como digo, si yo me planto en la asamblea a decir lo obvio –que no lo más etético, cool y buenrollista– como mínimo seré abucheado. A mi también me gustaría pensar en una sociedad libre e ilustrada, capaz de gobernarse a sí misma y de obtener las más altas cotas de bienestar. Pero no existe tal sociedad, no funciona el autogobierno, y la gente anhela que haya otros que decidan por uno. Necesitamos que la faena sucia y desagradable que es el gobernar la hagan los políticos. En otras épocas nos cobijaríamos bajo la sombra de un gran general, porque si nos sentimos débiles, queremos la protección del más fuerte. En fin, nos indignamos, sí; pero no nos implicamos: no pasamos hambre y con eso nos basta. 

  • Queremos gobiernos de derechas

    Queremos gobiernos de derechas

    Y no solo eso, queremos gobiernos de derechas que además se apropien de la voz del pueblo, moldeándolo como si fuera una masa maleable y pringosa, ya que una vez confitan el pastel proceden a lavarse las manos después.

    Me comentaba una amiga mia gallega –que no pudo votar en Galicia, dado que hace poco tiempo tuvo que irse de Catalunya por los recortes en sanidad, y por eso aún estaba censada aquí– que por lo menos no tenían que lamentarse de que Mario Conde hubiera conseguido un escaño. Cierto, Dios ahoga pero no aprieta. Así que esta gran victoria del PP gallego, que hace unos meses nadie creía, da argumentos a Rajoy y lo refuerza en su idea de que lo que España necesita son más sacrificios, en lugar de políticas de estímulo. Pues nada, el pueblo manda. Algo habrá tenido que ver el hecho de que Feijoo salía en el Telediario a todas horas; yo no me sé el nombre completo del candidato socialista y del nacionalista.

    El caso del País Vasco es pelín diferente. Ahí también han ganado los conservadores, aunque los malos. Es decir, no lo que consideraríamos como «buenos españoles». O sea, el PP. Ahí han ganado los pérfidos nacionalistas vascos. Por otro lado, como segunda fuerza política, tenemos al diablo. O por lo menos, yo creo que es el mismísimo diablo, a tenor de lo que dicen de Bildu desde los periódicos de las Españas. Desconozco los concienzudos análisis y acertados comentarios que harán nuestros queridos y carpetovetónicos amigos de las televisiones patrióticas. Supongo que mucho no les habrá gustado, o les habrá gustado lo mismo que al PSOE.

    La conclusión es obvia, como siempre, meridiana: tenemos los políticos que nos merecemos, porque éstos no proceden de ninguna otra parte que no sea del mismo pueblo que les vota. Somos todos un fiel reflejo: gobernantes y gobernados. Por eso me ha sorprendido que no entrara Mario Conde, porque aquí todos somos, en esencia, del partido TEU, Tonto El Último. Pero a éste le ha faltado algo esencial, algo de lo que hacen gala el resto de partidos: el enemigo. El PP gana porque tiene muchos enemigos, y como la gente vota «en contra de» en lugar de «a favor de» obtiene esas maravillosas mayorías absolutas. Mario Conde tiene como enemigo a la justicia, pero no a otro partido político. Le faltó pringarse y manipular esa masa maleable, el pueblo, para conseguir su trozo de pastel. Bueno, pues nada, ahora toca que gane CiU en Catalunya y ya estará todo el pescado vendido. Dos y dos, cuatro.

  • Formas parte del sistema

    Formas parte del sistema

    I. Cuando la juventud empieza a desaparecer, cualquier joven se hace preguntas. Una de las más formuladas suele ser «¿Cómo quiero que sea mi vida a partir de ahora?» o «¿De qué voy a trabajar cuando deje de estudiar?». Llegados a ese punto, está claro que el paso a la vida adulta empieza a darse y, de repente, surge la responsabilidad como eje vertebrador de la formación y el mérito para entrar con buen pie en el mundo de los mayores. Es cuando esos jóvenes, que ya no lo son tanto, se ven como señores de negocios, o abogadas de renombre; en definitiva: como gentes de «provecho».

    Llega un momento en la vida de una persona en la que se da cuenta que ha cruzado el Rubicón entre la juventud y la edad adulta; en la que el tiempo del pasotismo queda atrás y se yergue absoluta la figura del self made man: el hombre hecho a sí mismo.  Esto ocurre en cada generación; sucede que el sistema siempre busca controlar el inmenso poder de cambio que posee la juventud, y el mecanismo actual y definitivo para erradicar dicho poder es colocando en su lugar al dinero, como símbolo indiscutible del poder al que aspirar.

    La mayoría damos ese paso para tomar las riendas de nuestra vida en solitario, alejados de las protectoras figuras paternas; entonces nos damos cuenta de la vida tal cual es, con todas sus grandezas y flaquezas y sin vendas en los ojos. En el tránsito de ganarse el sueldo, comprarse un coche, un piso, etc., es cuando nos convertimos en adultos sólidamente instalados en sociedad, y es durante ese trayecto donde, tal vez, nos hacemos un poco más sumisos con el orden y el sistema establecido.

    II. Existe, en la actualidad, una crisis de confianza. ¿Pero qué es ésta crisis de confianza para mi? Yo diría que es ser partícipe de que la juventud ha perdido su fe en el sistema y en la clase política, dado que aquellos que ostentan el poder actúan de forma ejemplarizante de lo incorrecto; el distanciamiento y la desconfianza de la juventud es, por tanto, consecuencia de la corrupción del sistema.