¿Por qué un joven magrebí se hace de Vox? No es una provocación ni una paradoja. Es una pregunta necesaria. Porque pasa, y pasa más de lo que creemos.
En clase de Cultura y Valores Éticos, un chaval me dice: “Profe, ¡viva Franco, viva Vox!” Yo levanto la ceja y, como quien no quiere la cosa, le pregunto por qué. Él, tranquilamente, me responde: “Porque estoy harto de los moros.” En ese momento pienso: pero si tú eres marroquí. No debe saber nada de la guardia mora… Pero callo. Prefiero escuchar, dejar que hable, que se explique. Y lo hace. Habla de los que dan mala imagen, de los que se meten en líos, de los que no quieren integrarse. Y entonces entiendo que no está hablando de sí mismo, o no del todo. Está intentando dejar claro que él no es como “esos otros”. Él no es marroquí, es español (es decir: hijo de marroquíes nacido en España). Por eso, por demostrar españolidad, dice abiertamente que viva Franco, y que viva Vox.
Ni del todo españoles, ni del todo los otros: identidades en conflicto
Ahí es donde entra Pierre Bourdieu. No es que mi alumno lo conozca, pero está poniendo en práctica su teoría sin saberlo. Bourdieu hablaba del “habitus” (El sentido práctico. Bourdieu, 1986), esa forma en que las estructuras sociales se interiorizan en nuestros cuerpos, gestos, gustos y formas de hablar. Este chaval está intentando posicionarse dentro de un campo social —el instituto, la juventud, la nación— en el que sabe que parte con desventaja. Y busca capital simbólico donde puede: en el rechazo al «estigma» que le impusieron al nacer.
También podríamos citar a Ulrich Beck, con su idea de la “sociedad del riesgo” (La sociedad del riesgo. Beck, 1998). En este contexto, los jóvenes de origen migrante no solo cargan con el riesgo estructural de la exclusión, sino también con la obligación de gestionar su identidad para minimizar ese riesgo. Ser el “moro bueno” se convierte en una estrategia de supervivencia.
Nancy Fraser y Axel Honneth nos invitan a pensar la justicia no solo como redistribución económica, sino también como reconocimiento. La falta de reconocimiento cultural es una forma de injusticia que cala hondo. Y cuando el reconocimiento no llega por las vías progresistas, algunos jóvenes lo buscan en el espejo roto de la ultraderecha, donde al menos pueden sentirse “mejores que otros”.
En este sentido, la crítica de la identidad como forma de exclusión —como desarrolla Seyla Benhabib— nos ayuda a entender cómo la universalidad democrática se ve constantemente fracturada por las jerarquías identitarias. Benhabib denuncia cómo las democracias liberales excluyen a los “otros” del derecho a tener derechos (The Claims of Culture: Equality and Diversity in the Global Era. Benhabib, 2002). Las jóvenes magrebíes en España, atrapadas entre el sexismo estructural y la islamofobia secularizada, quedan muchas veces invisibilizadas. Su emancipación no interesa a nadie si no encaja en los marcos de reconocimiento hegemónicos.
Javier Padilla, médico y ensayista, también nos ofrece una reflexión importante desde el ámbito sanitario pero extrapolable a la educación: en su libro ¿A quién vamos a dejar morir? Sanidad pública, crisis y la importancia de lo político (Capitán Swing, 2019), plantea cómo las políticas públicas generan vidas más vivibles que otras. Aplicado al aula, podríamos preguntarnos: ¿a quién vamos a dejar fuera? ¿Qué jóvenes pueden acceder a una ciudadanía plena, y cuáles están condenados a vivir en el umbral de lo nacional?
Porque no hablamos solo de ideología, sino de existencia. De querer ser parte de algo que te rechaza constantemente. Algunos lo hacen mimetizándose con el discurso dominante. Otros, refugiándose en comunidades cerradas. Pero en ambos casos, el punto de partida es el mismo: la exclusión. No son fascistas ni reaccionarios. Solo quieren pertenecer.
Pero es que incluso el intento de neutralidad —“yo paso de política”— se convierte en una toma de posición: en un país donde cada rasgo puede leerse como una declaración ideológica, no posicionarse también es una forma de ser señalado. Entonces, ¿qué pasa con aquellos que sí son conscientes de este juego político que los utiliza? Con esos chavales que quieren vivir y dejar vivir como españoles y musulmanes, sin más. ¿Pueden realmente hacerlo? ¿Se pueden abstraer del contexto, de la presión política y social, del fenotipo? ¿Se puede vivir sin rendir cuentas por todo lo que uno es?

