Mes: junio 2013

  • El instituto Benjamenta

    El instituto Benjamenta

    Para aquellos que aún no hayan leído la genial novela Jakob von Gunten de Robert Walser les animo a leerla antes de seguir con éste artículo, aunque puedo hacer un resumen de la misma: en el instituto Benjamenta no se aprende nada, solo se forma a los alumnos para servir y cumplir con la sociedad; Jakob von Gunten es un alumno que entra en la institución tras fugarse de la casa de sus padres y consigue ser admitido tras una breve entrevista con Herr Benjamenta, el director del instituto. La única profesora que parece estar en activo es la propia hermana del director, Fräulein Lisa Benjamenta, que les enseña básicamente a comportarse en sociedad y poco más, ya que no hay contenidos ni planes de estudios en las clases del instituto Benjamenta.

    La escuela de muchachos Benjamenta puede ser muchas cosas, pero sobretodo es un reflejo del mundo. ¿Qué quiso representar Robert Walser con esta novela? Tal vez uno de los motivos sea la reivindicación de la vida sencilla, infantil, alejada de todo anhelo o ambición que pudiera llevar a un fracaso, un desengaño, una derrota. Pero tal vez no era una reivindicación, sino más bien una constatación, una rendición y evidencia de que más nos vale seguir la corriente y acostumbrarse al hastío y la servitud. Tal vez el personaje que más fielmente representa estos principios, obediencia y servicio, es Kraus, a quien gusta de martirizar el protagonista, Jakob von Gunten (aunque en el fondo le adore). ¿He dicho protagonista? Bueno, eso es matizable, para mí el protagonista es el insituto en sí, aunque lo veamos a través de la mirada de Jakob.

    Una de las frases que se me quedaron grabadas, aunque hay muchos y de difícil interpretación, es la que dice que «Dios está con los que no piensan». Hay que analizar el contenido y el mensaje final de esta sentencia, en los años en que fue escrita, los principios del siglo XX, en 1909. Robert Walser ya pudo ver, como otros escritores y pensadores antes que él, el verdadero bálsamo para el pueblo, el opio que a todos calma, principio civilizador y tope cultural al mismo tiempo; esos textos sagrados revelados que nos dictan como tenemos que manejar el espíritu. Quien gobierna nuestra consciencia y moral nos gobierna de forma absoluta. Walser lo sabe, pero no se rebela, simplemente lo escribe y construye todo un instituto donde se perfecciona ese arte de dominar lo más profundo de nuestro ser: nuestro espíritu.

  • La noche de San Juan

    La noche de San Juan

    En cada solsticio de verano tiene lugar, desde la antigüedad, una fiesta mítica para celebrar la llegada del verano, cuya finalidad se nos pierde entre las capas de cristiandad aplicadas al asunto. Para unos, fiesta de las brujas, para otros, fiesta para dar más fuerza al sol, mediante el fuego de las hogueras. Para mí, durante mi infancia, era la fiesta posterior a la finalización de las clases, como un premio después de todo un curso escolar donde se nos permitía a los niños pasar gran parte de la noche despiertos, jugando cerca del fuego. Los mayores sacaban mesas a la calle y hablaban animadamente, y todos, vecinos, amigos y saludados, parecían llevarse bien. Recuerdo las noches de San Juan con gran felicidad, noches realmente mágicas.

    Pero, ¿qué celebrábamos? Eso de pequeño no lo sabía, lo único que nos importaba a los niños era conseguir madera para hacer la hoguera de San Juan. Queríamos hacer la hoguera más alta del pueblo, ese era el fin y el motivo para nosotros. Yo particularmente no tenía predilección por los petardos y cohetes, aunque alguno que otro tiré, y creo que me asustan ahora más que entonces, tal vez porque veo la posibilidad de quedarme sin algún que otro dedo. De pequeño no tenía tanta noción del peligro, corríamos con maderas con clavos salideros, entre matojos llenos de bichos y caíamos al suelo sin mayores consecuencias; parecíamos de otra pasta distinta a los niños de hoy, tan alérgicos, tan histriónicos, tan incapaces de divertirse con cuatro palos como lo hacíamos nosotros. Pero bueno, no voy a decir que todo tiempo pasado fue mejor; ya en las tablillas sumerias, de tres mil años de antigüedad, llevan escrito aquello de que «los jóvenes no respetan a sus mayores», frase mítica por sí misma, pues es de eterno retorno, como diría Elíade.

    Sigamos hablando de la fiesta, la verbena de San Juan, ¿quién era este San Juan? Era el Bautista, el tipo que bautizó a Jesús con el agua del río Jordán. ¿Y porqué entonces la hoguera? Pues su justificación se da porque el padre de este santo anunció su nacimiento con una hoguera. Fuego y agua, elementos míticos desde los albores de los tiempos, que se unen a la tradición cristiana y se solapan a las antiguas creencias. Lo mismo con distintos nombres, santos en lugar de dioses o la misma naturaleza. La verdad es que a poco que une escarbe en la historia de los pueblos y sus tradiciones, se da cuenta de que el origen de las fiestas cristianas surge invariablemente de cultos anteriores, y que los primeros cristianos se limitaron a cambiar los nombres y los motivos de las celebraciones de aquellos tiempos, para que aceptaran con mejor grado la idea de un único dios, una idea totalmente ajena a las mentalidades mediterráneas, plagadas de dioses, semidioses y héroes. Pero lo consiguieron, y por eso hoy en día existe la Navidad en lugar de las Saturnales o el nacimiento de Horus, o la Semana Santa en lugar del nacimiento de Astarté o Ceres.

    En conclusión, da igual como llamemos a la fiesta, pues al final todos los nombres son producto de la creatividad humana. La necesidad de celebración y júbilo es consustancial a la humanidad, el qué y el cómo son secundarios. Todos los dioses y tradiciones nacen de la cultura y la filosofía de los diferentes pueblos que nos han precedido. Nuestra cultura y forma de pensar está directamente emparentada con la de los pueblos mediterráneos e indoeuropeos que vivieron y amaron antes que nosotros, que pensaron en el cómo y el porqué del mundo antes que nosotros, que se hicieron las preguntas míticas de los pueblos que los griegos trataron de contestar mediante la razón. Somos un producto cultural de trifuncionalidad indoeuropea, religión semítica, razón griega, ley romana y moral cristiana. Así mismo, tal como hicieron nuestros antepasados, somos también creadores y difusores de nuestra propia cultura y la futura, somos el pasado nebuloso y brillante de las generaciones que vendrán, que verán en nosotros el origen de sus costumbres y tradiciones, de sus leyendas y de sus posibles nuevos dioses. No lo veremos, pero lo estamos fabricando hoy.

  • Al sur de los párpados, de Vila-matas

    Al sur de los párpados, de Vila-matas

    Por fin ya he terminado la novela maldita de Vila-matas, su tercera obra, incluida dentro de la compilación titulada En un lugar solitario, que contiene sus cinco primeros libros. Puedo decir, tras haber leído ya mucho de la obra del autor, que Al sur de los párpados es sin duda la peor de sus novelas, y que con razón la intentaba ocultar a todo posible lector. De hecho, yo si hubiera sido él no la hubiera incluido en la compilación. De hecho, en su día, no la hubiera publicado. Porque en el fondo se trata únicamente de un ejercicio de estilo, donde trata de emular la escritura que haría un escritor demente, o drogado, o tal vez ebrio (cosas estas no del todo improbables, en aquella época) que tiene una enfermiza relación con su mujer y las demás féminas de la obra.

    La obra es una alucinación. Un conjunto de frases inconexas, donde Vila-matas nos da un muestrario de su impericia como escritor –hablamos de aquella época remota donde Vila-matas no era aún vilamatiano– que se toma demasiado en serio a sí mismo, que tiene ganas de demostrar algo, aún no sabe muy bien el qué, y que trata de hacer una novela demecial como si no hubiera existido Burroughs o toda la jodida generación Beat estadounidense. Este Vila-matas surparpadiano es un cruce entre un mal Bukowsky y Rimbaud pasando por Hemingway, que se queda en una tierra de nadie. Un dolor literario. Releyendo sus páginas, intento adivinar qué quería decir exactamente el autor, a qué sentimiento trata de aferrarse como argamasa de la estructura de la obra, qué tipo de mensaje nos quiere transmitir… pero no lo comprendo, o sí lo comprendo, es una locura propia de una obra de juventud, el manuscrito de un joven autor con ínfulas d’enfant terrible de la literatura española.

    Lo que está claro es que Vila-matas quiere huir del realismo español imperante de las novelas que pululaban en aquellos días en la piel de toro. No quiere ser Cela, desde luego. Quiere ser un escritor francés, tal vez maldito, sobretodo de culto. Necesariamente marginal. Pero la novela es un sopor; he estado haciendo esfuerzos para acabarla, y porqué no decirlo, «disfrutándola» entre bostezos al mostrar los errores y horrores de un escritor que después se convertiría en uno de los grandes. Pero la verdad, si yo hubiera conocido a Vila-matas con esta novela, no le hubiera leído nunca más. Así que huid de Al sur de los párpados, rechazadla; no os perdéis nada, si acaso un galimatías pretencioso que lejos está de los sublimes galimatías pretenciosos que posteriormente tuviera a bien escribir Vila-matas, como los bartlebys, montanos o pasaventos, que tan profundamente calan en la memoria de sus lectores.

    Al sur de los párpados es una novela de transición que no debiera haber salido del gabinete del escritor. Un ejercicio de estilo, como ya dije al principio, un divertimento que debiera haberse quedado en el cajón. Tal vez hoy día podría haberlo reescrito su autor y hacerla más legible, definiendo mejor a los personajes, en particular a esa Eva que de vez en cuando se intercala en el relato, o a esa Joyce, o Elena, o la madre. Todo está como desdibujado, como teñido por una neblina que nos impide ver por completo el extraño mundo que nos narra Vila-matas. Pocos personajes masculinos encontramos en la novela, a excepción de los poetas argentinos y a sí mismo, Stein, o Stan, pues no queda claro hasta bien entrada la novela el nombre real del personaje.

    En conclusión, para no extenderme más, Al sur de los párpados es una mala novela. La peor de su autor, que hubiera hecho bien en quemar toda la primera edición de la misma y prohibir su inclusión en el volumen de En un lugar solitario. Nos sirve, eso sí, para evaluar el proceso de transición del autor; es decir, el proceso de convertirse en escritor, tal como nos cuenta en el prólogo del libro: el proceso de sentarse cada día y obligarse a escribir para terminar su tercera novela. Pero si lo que queréis es disfrutar con una novela de Vila-matas, leed otra cosa, tal vez su París no se acaba nunca, que se acaba de reeditar, o su Bartleby y compañía, pero jamás, jamás, leáis Al sur de los párpados. Odiaréis a Vila-matas.

  • Teoría del barrio gótico

    Teoría del barrio gótico

    Esta mañana ha salido el sol como todas la mañanas y en la calle olía a verano. El sol lucía firme en el cielo, sobre las capas de dióxido de nitrógeno que contiene el pesado aire barcelonés. En la calle de Comtessa de Sobradiel, a la altura de la calle Palau, he vuelto a ver un graffiti del artista que firma como El arte es basura, lo cual me ha puesto muy contento. También había una cucaracha que rápidamente se ha metido por entre la alcantarilla y ahí la he perdido de vista; era grande y parda, de las que se pueden ver por el barrio, como los turistas, que también se dejan ver por el barrio, pero suelen ser más rubios.

    Hablando de los turistas, en la misma calle de la Comtessa de Sobradiel, he oído a mis espaldas un gutural sonido proveniente de una garganta probablemente alemana, que decía «¡Heil, hel heil!» o algo similar. Como la norma del barrio es no inmutarse demasiado por los gritos de la gente no me he girado para ver qué pasaba. Hasta que un chico ha cruzado raudo tras de mí hacia la calle Palau, dejando tras de sí unos cuantos billetes. Detrás de él corría patosamente un corpulento abuelo alemán. ¡Heil, heil, heil! ¿Sería eso lo que gritaba? Lo cierto es que hasta que no he visto al ladrón no entendía lo que este hombre bramaba, y tal vez si hubiera gritado algo más genérico como un ¡Help, help, help! me habría dado tiempo a empujar al ladrón y que éste se hubiera caído al suelo, con lo que el vejete habría tenido tiempo de darle alcance.

    El viejo alemán ha seguido tras el ladrón, tras coger del suelo el dinero que éste había tirado para que dejara de seguirles, y a ambos les he perdido de vista cuando han girado la esquina de la calle Palau. Hay que destacar que la zancada del alemán era superior a la del joven chico, que por contra era más rápido, pero tal vez poco ducho en las artes del robar, puesto que por la calle en la que se había metido por norma general hay siempre policías, puesto que es la parte trasera del ayuntamiento. Así que entre la enérgica zancada del abuelo y la poca pericia en escoger el camino, a nuestro joven delincuente su carrera como ladronzuelo le va a durar poco, o tal vez no, todo depende de las ganas que le pongas a tus propósitos.

    Después de eso he seguido mi camino y aunque durante el trayecto he visto otras cosas dignas de mención, como una pareja de señoras muy ancianas que iban cogidas de la mano y se dirigían sin duda al café La Anxova, que es el bar donde acuden todos los viejitos de la zona, y también una muchacha con una falda muy corta y unas gafas de sol muy grandes que se dirigía a la plaza del tripi (o plaza George Orwell, según nomenclatura oficial) y algún que otro músico, de esos que llevan la guitarra a cuestas. El clima se ha atemperado, el pulso del barrio sigue latiendo y las hordas nos rodean entre la Vía Laietana y las Ramblas, con ese aire bobalicón y eternamente sorprendido, esas maneras bruscas e impertinentes, esos volubles alemanes que gritan heil heil heil y corren tras carteristas primerizos que acuden al centro del centro de Barcelona como las moscas a la miel; ese olor a orín y perfume alternativo. Esa Barcelona que sale en la parte oscura de una postal de dos euros en las mil tiendas de souvenirs del falso gótico barcelonés.

  • Con Praga no podrán

    Con Praga no podrán

    Como diría Walser a Rosario Girondo al final del trayecto vital y literario que supone la novela El mal de Montano, todavía nos queda Praga. Con Praga no podrán. Muchas son las vicisitudes por las que está pasando este pobrecito escribiente, este que ahora mismo está escribiendo lo que ahora estás leyendo, que teclea por pura desesperación. El mal de Montano se une a otros muchos males, y como  Walser, solo me apetece salir de casa y pasear para ver el mundo con amabilidad y sencillez. Aunque también, como a Walser, la negritud y el desasosiego le irrumpan al final del día, con toda su crudeza, para que no olvide –que no olvidemos ninguno– que todo puede desaparecer en un abrir y cerrar de ojos.

    El riesgo de la exclusión es tan palpable que lo rozamos cada mes con la yema de los dedos. Jugueteamos con él, infantilmente creemos que a nosotros no nos puede ocurrir. Como pensaba Cristina Fallarás antes de su catástrofe personal, a mí no me pasará. Aquí no, a mí no. Pero el Gran Complicador realiza un encomiable trabajo. Es un gigantesco odradek perdido que golpea con toda su furia y aletean las mariposas inocentes en el mar de las dudas mientras con Su martillo destroza ilusiones, esperanzas y alas de mariposas inocentes. Como Fallarás, contemplo el abismo, aunque en mi caso aún desde el otro lado, de los que nos paseamos por el borde del precipicio y aún vamos a restaurantes y pagamos con tarjeta de crédito.

    Así me siento hoy en un día cualquiera de principios de junio de dos mil trece. El futuro es ahora, y nos lo han fabricado ya obsoleto, como esos electrodomésticos que llevan la obsolescencia programada, para que pasado un tiempo no sirva y tengas que comprarte otro. ¿Qué futuro podemos comprar? ¿Acaso se puede comprar el futuro? ¿Quién nos vende el futuro? El Gran Complicador sonríe desde las alturas para fulminarnos con un último mazazo. ¡Crack! ¡Crack! ¡Crack! Muerte de mariposas inocentes en mares de dudas. Bienvenidos al futuro, el futuro bordea el abismo por donde nos paseamos con tarjetas de crédito y miramos de soslayo al precipicio, ajenos a los lamentos de los ya excluidos, de los ya sin futuro. Bienvenidos al mundo que nos han fabricado para nuestra agonía personal. Pasear, pasear, como Walser, tan solo pasear, y perderse en las calles para respirar un aire nuevo. Pasear y no mirar al abismo, mirar enfrente, observar a los Rosario Girondo del mundo y saludar cómplice a los que se agarran al risco de la creación frente a las fauces del abismo.