Mes: enero 2012

  • El miedo

    Confieso que tengo miedo, no me cuesta admitirlo. El miedo siempre ha formado parte de mi vida, pero ahora lo noto mucho más presente, más activo, como si se hubiera pasado una temporada en el gimnasio y volviera a mí con mayor fuerza: unos bíceps de pavor desmesurado, unos pectorales de espanto aletargado; posee unos dientes aún más afilados que antaño. El miedo juguetea con morderme en el cuello cual vampiro; de hecho, tal vez ya esté vampirizado por él, y por eso actúo como un autómata por su artificio, incapaz de tomar decisión alguna sin consultárselo antes. Soy dependiente del miedo, me consume, me incapacita, me vuelve un inútil que se pasa las horas frente al ordenador buscando retazos de libertad que me liberen del miedo. 
    El miedo vive junto a mí, lo noto justo detrás, pegado a mi espalda, siento su aliento caliente en la nuca. Por las noches me arrulla hasta que me duermo, por las mañanas me despierta puntualmente. Me susurra para que me tranquilice: «nada has de temer, yo siempre estaré a tu lado, conmigo nunca estarás solo».  Tengo miedo de perder el empleo y por eso sonrío al jefe cuando me asegura que todos tenemos que apretarnos el cinturón. Siento terror ante la posibilidad de quedarme sin dinero y no poder pagar el alquiler. Palidezco al leer un periódico, al ver las noticias por la televisión, al escuchar a los agoreros de la nueva economía. El miedo actúa como motor; yo formo parte del engranaje y tengo que decir que cumplo fielmente con lo que se espera de mí: produzco, obedezco, callo, sonrío y finjo.
    Como si tuviera el síndrome de Estocolmo, siento simpatía por el miedo. Ha logrado vencer mis últimas barreras. Reconozco que he vivido por encima de mis miedos; antes creía en el esfuerzo, el trabajo y la justicia, pensaba –qué ordinariez– que los ciudadanos éramos dueños de nuestras vidas, que teníamos derechos incuestionables, que estábamos seguros ante la enfermedad o el desempleo, y que éramos iguales ante la ley. Pero ahora ya no pienso en vacuas ilusiones, todo eso terminó. Vivo acorde con mi miedo, y bailo al son de su música,  acompañado por su hipnótica sombra. Danzo hacia un pozo oscuro alejándome de mis ilusiones y esperanzas, si es que alguna vez tuve el derecho a poseer tales cosas. «No te preocupes, nunca estarás solo», me repite mi eterno compañero, el miedo.
  • Nada hay que temer

    Dice Zygmunt Bauman en su «Modernidad líquida» que el individualismo y la precariedad son las actuales características de nuestra sociedad. Mirando un poco a nuestro alrededor y contemplando el devenir de los acontecimientos, parece que el viejo pensador tiene más razón que un santo. El sistema capitalista quiere que no estés seguro, que te muevas, que seas líquido, porque «los sólidos conservan su forma y persisten en el tiempo: duran, mientras que los líquidos son informes y se transforman constantemente: fluyen».
    Con una precisión en el tiempo asombrosa, Naomi Klein pone nombres propios a las afirmaciones de Bauman gracias a su libro «La doctrina del shock», donde nos dice que los grandes desastres económicos del presente están siendo usados para invertir el progreso social mediante reformas impopulares. Esto se está viendo desde hace algunos años, aunque ahora parece que han apretado el acelerador: la precariedad laboral es la norma, la subida del coste de la vida es el castigo, el recorte de servicios públicos es el precio. Todo en aras de no perder la calidad de vida, según la clase política, económica y la muy preocupante clase periodística.
    Si el cuarto poder hiciera su trabajo, podríamos saber a qué nos enfrentamos, pero el cuarto poder (periódicos, televisiones, radios, etc.) está en manos de los agentes económicos. Si estos dejan de publicitarse en los medios de comunicación, estos desaparecen, para lo cual se plegan a los designios de aquellos por los que existen, que ya no son los lectores o espectadores, sino los anunciantes. Pocas noticias críticas verás contra El Corte Inglés, Banco Santander o La Caixa; aunque sean muy noticiables ellos: precariedad laboral y amenazas a empleados en el primero, engaños masivos a pequeños inversores y prejubilaciones de directivos insultantes en los segundos. Hay motivos para la movilización social, pero esta no aparece excepto en pequeñas dosis anecdóticas a las cuales respetamos pero no nos sumamos, como el movimiento 15M.
    Las razones al inmovilismo caben buscarlas en las explicaciones de Bauman y Klein: la individualidad, la precariedad, el miedo. Las tres forman un cóctel lo suficientemente paralizante como para que no nos sumemos a ninguna iniciativa social (individualidad), ni a rechazar un trabajo con condiciones abusivas (precariedad), ni a pelear contra la injusticia galopante (miedo). Se tiende a pensar que, después de todo, no estamos tan mal si nos comparamos con otras épocas u otras sociedades. Estamos asistiendo a la claudicación voluntaria de las libertades pensando que con ello podremos vivir mejor, pero no es difícil comprobar que sin libertades se tiende a vivir peor. La razón de todos los males parece ser la ausencia de crédito, el motor del sistema capitalista, ya que sin él nada funciona, nada puede hacerse y nadie asegura nada. 
    Uno de los pocos reductos que todavía gozan de una libertad asombrosa son las redes sociales, con Twitter y Facebook a la cabeza, gracias a los cuales se está generando una inteligencia global capaz de darse cuenta de todos estos cambios, pero incapaz de hacer algo para oponerse a ellos. Tan solo sociedades con lazos familiares más fuertes (esto es, menos individualistas) como las árabes han podido usar eficazmente las redes sociales para cambiar su realidad. La pregunta es ¿qué nos queda esperar a los que sabemos que esto no puede ocurrir en nuestras sociedades capitalistas? ¿Dónde pondrán el límite los agentes económicos? ¿Hasta qué punto nos harán retroceder en el tiempo? En mi opinión, hasta el punto de poder seguir comprando bienes y servicios (somos útiles porque somos consumidores), pero con muchas limitaciones al acceso a lujos, a la prensa libre y a la seguridad social.
  • La isla misteriosa (juego de texto)

    Recientemente he publicado mi última obra de ficción interactiva, para la V Minicomp convocada por el CAAD. Se trata de un cuento interactivo en el que empezamos siendo Hernán Cortés, pero pronto se convierte en una pequeña crítica a diversas cuestiones que me preocupan.
    El relato se puede acabar en unos diez minutos, dependiendo de la pericia de cada uno, y se puede descargar de aquí o jugar on-line (recomendado). Si eliges la descarga deberás tener algún programa para ejecutar ficheros en formato Zcode, por lo que recomiendo jugar on-line, ya que no necesitas nada más que el navegador para jugar.

    ¿Como se juega?
    Mediante el teclado, deberás teclear las órdenes y comandos adecuados para avanzar en la trama. Deberás pulsar Enter para hacer avanzar el texto o tras una nueva orden (similar a usar un chat). Algunas de las órdenes iniciales para empezar más útiles son «ayuda«, «mírate«, «inventario» y «examinar«. Deberás observar bien todo lo que te rodea, por ejemplo con un «examinar serpiente» o «mirar la montaña». También será útil «coger» o «tomar» cosas, por ejemplo «coger piedra», para después hacer cosas como «lanzar piedra a serpiente». Puedes probar multitud de cosas, como por ejemplo moverte con «ir al norte«, «norte» o más simple aún, «n«. Puedes tratar de «nadar«, si hay agua suficiente. O puedes decir algo, si alguien puede escucharte, como por ejemplo un «di hola«.

    Tienes todo un pequeño mundo para explorar. Y si se te queda demasiado pequeño y quieres más, puedes jugar al resto de obras presentadas a concurso, disponibles aquí. ¿Necesitas ayuda? Dime tus dudas en los comentarios y trataré de ayudarte. Te advierto, eso sí, que no es fácil dar con los dos finales.

  • Comparte cultura

    Me hago eco del llamamiento del bloguero/twittero Kurioso que con el titular «Comparte cultura» y la etiqueta #ComparteCultura en twitter está llevando a cabo un ejercicio de divulgación sobre las diferentes opciones para descargar y compartir contenidos culturales. En algunas cosas no estoy de acuerdo con Kurioso, pero por lo general creo que la difusión de la cultura gratis hace más beneficio que perjuicio a los creadores, ya que permite conocerlos y valorarlos adecuadamente.

    También opino que algunas cosas no pueden continuar tal como están ahora, como por ejemplo poderse descargar películas que estén exhibiéndose en el cine, ya que considero que eso sí que perjudica a la industria del cine. No opino igual con la música, puesto que descargarte canciones no implica un perjuicio a sus autores, que pueden ganarse muy bien la vida con los conciertos. En el caso de los libros, creo que en general es beneficioso poder disponer de material gratis, ya que muchas veces cuesta encontrar libros de hace tres o cuatro años en las estanterías de las librerías, aunque opino igual que con las películas, no deberíamos poder descargarnos un libro hasta que no haya pasado un año desde su publicación.

    En todo caso, hay que saber distinguir entre autor y editor, puesto que claramente el hecho de compartir cultura perjudica a este último… pero los editores bien merecen un escarmiento, al no apostar jamás por nuevos autores, además de por poner precios absurdamente altos a cosas como los libros digitales, cuando todo el mundo sabe que el coste es infinitamente inferior al de los libros en papel, y los mismo se puede aplicar a los MP3 con respecto a los CDs de música. Vamos, que mi postura es como la de los partidos de fútbol en pay per view, que hay que pagar para verlos en directo, pero después puedes verlos en diferido gratis.