Mes: abril 2012

  • El amor y el dinero

    El amor y el dinero

    El ser humano está dotado de una infinita capacidad de amar, proporcional a la capacidad de odiar. Vivimos en un mundo en que es muy fácil odiar y ser odiado, pero muy difícil amar y ser amado. La causa de esto podría ser el egoísmo e individualismo imperante en las llamadas sociedades de consumo, donde tener el mayor número de bienes es sinónimo de éxito, y por añadidura, felicidad. Poseer cosas nos hace fugazmente felices, un instante que dura hasta el siguiente anhelo por conseguir un nuevo objeto de deseo. Con las personas intentamos hacer lo mismo, pero en la mayoría de las veces, éstas no se dejan comprar. Por eso odiamos más que amamos: nos es difícil cambiar el mecanismo por el que obtenemos éxito, basado en el dinero, por otro mecanismo basado en el amor.
    El amor es un sentimiento muy profundo, donde se mezcla la dicha por experimentar una atracción y un deseo por otra persona, y el temor a la pérdida o la renuncia de la misma. Podemos ignorar la pulsión del amor y vivir sin temor a la pérdida, con una existencia segura, fría y mecanizada. Tal vez para Kant esto sería lo deseable, pero aún así por los recovecos del alma se filtran las llamaradas del amor. Todos tenemos derecho a amar, a ser amados, a disfrutar de un sentimiento pleno. Pero a la vez, todos somos egoístas: queremos que nos amen, pero no queremos perder nuestra independencia, porque amar significa ceder parte de ésta, significa depender, en mayor o menor medida, del otro. Significa ceder parte de nuestra soberanía como individuo, formar un equipo, velar y cuidar del otro, sin la seguridad de obtener nada a cambio. Con los objetos tenemos la seguridad de tener un placer inmediato: su disfrute. Con las personas tenemos la seguridad de la incerteza; nunca se conoce lo suficientemente al otro. Amar es tomar partido, es asumir riesgos.
    Se dice que vivimos en un mundo donde amamos las cosas y usamos a las personas, en lugar de usar las cosas y amar a las personas. Parece ser cierto. Pero también vivimos en un mundo cambiante, donde el único valor inmutable es el dinero: tenerlo nos da la seguridad de seguir viviendo con cierta dignidad. El egoísmo que podemos observar, la mezquindad reinante, la pasión por la acumulación, tienen su razón de ser en un mundo capitalizado por el éxito que conlleva la posesión de dinero. Los bienes materiales siempre fueron importantes en todas las épocas, pero jamás tanto como en la actual. Estudiando a los antiguos y a los clásicos advertimos que, efectivamente, el dinero era importante para hacer grandes proyectos. Pero era un medio, no un fin. Los grandes pensadores del pasado, enormes escritores, irrepetibles pintores… en cuestiones económicas se nos pueden antojar como pobres miserables, pues no era su intención tener dinero, como fin, sino utilizar dinero como medio.
    Cierto es que también había personajes que acumulaban ingentes cantidades de dinero, joyas y demás lujos, como los faraones en sus tumbas, pero no era el fin último de todas las sociedades. Antes era la familia el bien más preciado; ahora se nos impone, como modelo, por estamentos adinerados que jamás formaron familias. Antes se amaba desinteresadamente, ahora se eligen personas de listas de candidatos virtuales. Hay un cambio de paradigma en muchos ámbitos: económico, informativo, social. Pero el amor ha sido el gran derrotado, y no por el odio, su gran enemigo, sino por el egoísmo, común a ambos sentimientos, que nos lleva a la acumulación de bienes, como fin, no como medio. Cabría preguntarse porqué hemos aprendido a acumular, a asumir como normal que el dinero es un fin, y como se ha hecho extensible éste sentimiento en todas las sociedades. Cabría preguntarse porqué hemos conseguido arrinconar, junto a la ética, al amor, en las antípodas de nuestra sociedad.
  • 043: El elefante del rey

    El rey de España tuvo un accidente y se rompió la cadera. Eso le pasó en Botswana. Había ido a cazar elefantes. En plena crisis. Poco más que añadir a este comportamiento «no ejemplar» del rey, que se suma así al comportamiento «no ejemplar» de Urdangarín al robar a manos llenas en el Instituto Noos y al comportamiento «no ejemplar» de Marichalar al darle una escopeta a su hijo de 13 años para que imitara al abuelo. No veo motivos por los que España no deba renunciar a la monarquía y abrazar así las bondades de la república. Tal como ya hicieron, en su día, nuestros dos estados vecinos: Francia y Portugal.

    Se han escrito algunas cartas dirigidas al monarca a raíz de este incidente. Aquí algunas de las mejores:

  • Cien días después

    Han pasado algo más de cien días desde las pasadas elecciones generales, ganadas por el Partido Popular de Mariano Rajoy. En estos cien días se han hecho grandes progresos para salir de la crisis, algo que reclamaban los votantes, que dieron su voto mayoritario por el partido conservador fundado por Manuel Fraga y que actualmente gobierna en casi la totalidad de las comunidades autónomas del país. 
    A día de hoy, la prima de riesgo de España supera con creces los 400 puntos, el déficit público ha llegado al 8,51%, la deuda pública se mantiene en el 61% aunque la previsión es que llegue al 80% a final de año. Sin embargo, los mercados y la Unión Europea confían en que la prima de riesgo baje de los 300 puntos, que el déficit público descienda hasta el 5,8% prometido por Rajoy y que la deuda no supere el 79% del PIB. Los españoles también confiamos en que todos estos datos macroeconómicos que tanto nos importan se estabilicen en los márgenes dados desde Bruselas, o más concretamente, desde Alemania (y si concretamos más, desde «los mercados«).
    Para llevar a cabo la titánica tarea de reconducir la economía española, el gobierno del Partido Popular de Mariano Rajoy está exprimiendo al conjunto de todos los españoles de rentas medias y medias-bajas, principales beneficiarias de los servicios públicos como la sanidad, la educación y las prestaciones por desempleo, mediante diversas medidas de austeridad, o mejor dicho, recortes sociales (hay que recordar que la palabra austeridad significa sobriedad, severidad y rigidez en la forma de obrar o vivir.) Para las rentas más altas, en cambio, se ha aplicado una amnistía fiscal gracias a la cual se podrán regularizar el 10% de los capitales evadidos a paraísos fiscales, lo que equivale a decir que se perdona y olvida todo lo que empresarios delincuentes han estado estafando a la hacienda pública, sin pagar impuestos. 
    La amnistía fiscal y los recortes sociales no son las medidas más destacadas del gobierno del Partido Popular de Mariano Rajoy; la joya de la corona (por el momento) es la reforma laboral. Gracias a esta reforma se facilita enormemente el despido, ya que se pueden echar trabajadores hasta si la empresa augura pérdidas, para después contratar barato gracias a una nueva modalidad de contrato indefinido que bonifica al empresario y otorga un año de prueba (por lo que se convierte en un contrato temporal de hasta un año disfrazado de indefinido). Esta reforma nace con la voluntad de quitarle el miedo a los empresarios a contratar trabajadores, ya que si las cosas le van mal puede despedirlos a coste cero. Por el momento la medida está funcionando a medias: los empresarios están, efectivamente, despidiendo a los trabajadores, pero todavía no han visto las bondades de la contratación de los mismos, por lo que la tasa de paro no para de crecer y crecer. Los trabajadores han respondido a esta propuesta con una huelga general. Es de suponer que el año que viene se empiece a contratar de nuevo, puesto que se prevee que el número de parados llegue a los seis millones. Si el año que viene no se anima la contratación, tal vez haya una nueva reforma laboral, o tal vez no, después de todo… ¿para qué contratar si con el trabajo de los empleados se crean productos y servicios que nadie puede comprar? Se rumorea que como no habrá dinero para costear las prestaciones por desempleo de todos, se rebaje un año el tiempo que puede cobrarse el paro.
    Durante estos cien días de gobierno del Partido Popular de Mariano Rajoy también se está perfilando el modelo de negocio que tiene que ser España, esto es, a qué se va a dedicar el país. Para ello se está modificando la actual ley de costas, que impide construir cerca de la costa, y se ha recortado más de la mitad la inversión en Investigación y Desarrollo. También se está potenciando «la marca España» en sectores clave como el turismo, además de atraer a inversores extranjeros para que desarrollen aquí actividades que no podrían llevar a cabo en otros países, como por ejemplo el complejo de ocio que se proyecta para Madrid o Barcelona: Eurovegas. La Sanidad, otrora la envidia de Europa por su eficaz funcionamiento, y la Educación se van a volver a recortar, según noticias del ministro De Guindos dadas a un periódico alemán, en unos 10.000 millones de euros.
    Por otro lado, los impuestos han subido. Además de incrementarse el precio de los transportes públicos, como el metro, el tren o el bus. La gasolina, en todas sus modalidades, ha subido hasta alcanzar el máximo histórico. El agua, el gas y sobretodo la electricidad son hoy mucho más caros que hace unos años. Se ha suprimido la asignación de Dependencia, con lo que los familiares de enfermos crónicos y ancianos van a tener que volver a pagarse de su bolsillo los medicamentos y tratamientos que les hagan falta. También se ha suprimido la ayuda al Alquiler para jóvenes, una medida con la que muchos jóvenes se metieron en alquileres que ahora no van a poder costearse. 
    Sin embargo, el gobierno del Partido Popular de Mariano Rajoy no ha recortado en otras importantes partidas de vital importancia para el país, como por ejemplo el dinero designado a la Iglesia Católica, que no ha sufrido recorte alguno. Es de agradecer esta generosidad en éstos malos tiempos, puesto que sabido es que la Iglesia es un baluarte de occidente y que los oficios religiosos, la caridad y las pastorales de sus obispos son apreciadas por una sociedad mayoritariamente laica como la española. Tampoco ha sufrido mucho desgaste la aportación a la Casa del Rey; por su parte la rebaja del 8% a Defensa no va a suponer que España quede a merced de los ataques que le puedan llegar de países por determinar.
    En conclusión, en tan solo cien días el gobierno del Partido Popular de Mariano Rajoy ha llevado a cabo una importante reforma del sistema, ha implantado unas drásticas medidas de austeridad y ha eliminado un buen número de ayudas sociales. Por todo ello la gente que los votó han podido comprobar que bajo el eslógan de campaña «Súmate al cambio» se ha cumplido tal cual prometían y han hecho «cosas», algo que reclamaba el votante común: que el gobierno hiciera «cosas» porque «algo habrá que hacer» para levantar el país. Estamos pues, sumados ya al cambio, en la visión de lo que debe ser España según el Partido Popular. Han sido cien días de éxitos casi ininterrumpidos, y todo parece indicar que nos aproximamos al clímax absoluto, a la solución definitiva que llevó a Dimitris Christoulas a festejar de forma tan original la victoria total del cambio.
  • «Yo aviso» de Carlos Gorostiza

  • Partitocracia y desgobierno