Blog personal de Xavier Carrascosa, amb articles sobre arts & humanitats, disseny, jocs, i llibres.
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La noche de San Juan
En cada solsticio de verano tiene lugar, desde la antigüedad, una fiesta mítica para celebrar la llegada del verano, cuya finalidad se nos pierde entre las capas de cristiandad aplicadas al asunto. Para unos, fiesta de las brujas, para otros, fiesta para dar más fuerza al sol, mediante el fuego de las hogueras. Para mí, durante mi infancia, era la fiesta posterior a la finalización de las clases, como un premio después de todo un curso escolar donde se nos permitía a los niños pasar gran parte de la noche despiertos, jugando cerca del fuego. Los mayores sacaban mesas a la calle y hablaban animadamente, y todos, vecinos, amigos y saludados, parecían llevarse bien. Recuerdo las noches de San Juan con gran felicidad, noches realmente mágicas.
Pero, ¿qué celebrábamos? Eso de pequeño no lo sabía, lo único que nos importaba a los niños era conseguir madera para hacer la hoguera de San Juan. Queríamos hacer la hoguera más alta del pueblo, ese era el fin y el motivo para nosotros. Yo particularmente no tenía predilección por los petardos y cohetes, aunque alguno que otro tiré, y creo que me asustan ahora más que entonces, tal vez porque veo la posibilidad de quedarme sin algún que otro dedo. De pequeño no tenía tanta noción del peligro, corríamos con maderas con clavos salideros, entre matojos llenos de bichos y caíamos al suelo sin mayores consecuencias; parecíamos de otra pasta distinta a los niños de hoy, tan alérgicos, tan histriónicos, tan incapaces de divertirse con cuatro palos como lo hacíamos nosotros. Pero bueno, no voy a decir que todo tiempo pasado fue mejor; ya en las tablillas sumerias, de tres mil años de antigüedad, llevan escrito aquello de que «los jóvenes no respetan a sus mayores», frase mítica por sí misma, pues es de eterno retorno, como diría Elíade.
Sigamos hablando de la fiesta, la verbena de San Juan, ¿quién era este San Juan? Era el Bautista, el tipo que bautizó a Jesús con el agua del río Jordán. ¿Y porqué entonces la hoguera? Pues su justificación se da porque el padre de este santo anunció su nacimiento con una hoguera. Fuego y agua, elementos míticos desde los albores de los tiempos, que se unen a la tradición cristiana y se solapan a las antiguas creencias. Lo mismo con distintos nombres, santos en lugar de dioses o la misma naturaleza. La verdad es que a poco que une escarbe en la historia de los pueblos y sus tradiciones, se da cuenta de que el origen de las fiestas cristianas surge invariablemente de cultos anteriores, y que los primeros cristianos se limitaron a cambiar los nombres y los motivos de las celebraciones de aquellos tiempos, para que aceptaran con mejor grado la idea de un único dios, una idea totalmente ajena a las mentalidades mediterráneas, plagadas de dioses, semidioses y héroes. Pero lo consiguieron, y por eso hoy en día existe la Navidad en lugar de las Saturnales o el nacimiento de Horus, o la Semana Santa en lugar del nacimiento de Astarté o Ceres.
En conclusión, da igual como llamemos a la fiesta, pues al final todos los nombres son producto de la creatividad humana. La necesidad de celebración y júbilo es consustancial a la humanidad, el qué y el cómo son secundarios. Todos los dioses y tradiciones nacen de la cultura y la filosofía de los diferentes pueblos que nos han precedido. Nuestra cultura y forma de pensar está directamente emparentada con la de los pueblos mediterráneos e indoeuropeos que vivieron y amaron antes que nosotros, que pensaron en el cómo y el porqué del mundo antes que nosotros, que se hicieron las preguntas míticas de los pueblos que los griegos trataron de contestar mediante la razón. Somos un producto cultural de trifuncionalidad indoeuropea, religión semítica, razón griega, ley romana y moral cristiana. Así mismo, tal como hicieron nuestros antepasados, somos también creadores y difusores de nuestra propia cultura y la futura, somos el pasado nebuloso y brillante de las generaciones que vendrán, que verán en nosotros el origen de sus costumbres y tradiciones, de sus leyendas y de sus posibles nuevos dioses. No lo veremos, pero lo estamos fabricando hoy.
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Al sur de los párpados, de Vila-matas
Por fin ya he terminado la novela maldita de Vila-matas, su tercera obra, incluida dentro de la compilación titulada En un lugar solitario, que contiene sus cinco primeros libros. Puedo decir, tras haber leído ya mucho de la obra del autor, que Al sur de los párpados es sin duda la peor de sus novelas, y que con razón la intentaba ocultar a todo posible lector. De hecho, yo si hubiera sido él no la hubiera incluido en la compilación. De hecho, en su día, no la hubiera publicado. Porque en el fondo se trata únicamente de un ejercicio de estilo, donde trata de emular la escritura que haría un escritor demente, o drogado, o tal vez ebrio (cosas estas no del todo improbables, en aquella época) que tiene una enfermiza relación con su mujer y las demás féminas de la obra.
La obra es una alucinación. Un conjunto de frases inconexas, donde Vila-matas nos da un muestrario de su impericia como escritor –hablamos de aquella época remota donde Vila-matas no era aún vilamatiano– que se toma demasiado en serio a sí mismo, que tiene ganas de demostrar algo, aún no sabe muy bien el qué, y que trata de hacer una novela demecial como si no hubiera existido Burroughs o toda la jodida generación Beat estadounidense. Este Vila-matas surparpadiano es un cruce entre un mal Bukowsky y Rimbaud pasando por Hemingway, que se queda en una tierra de nadie. Un dolor literario. Releyendo sus páginas, intento adivinar qué quería decir exactamente el autor, a qué sentimiento trata de aferrarse como argamasa de la estructura de la obra, qué tipo de mensaje nos quiere transmitir… pero no lo comprendo, o sí lo comprendo, es una locura propia de una obra de juventud, el manuscrito de un joven autor con ínfulas d’enfant terrible de la literatura española.
Lo que está claro es que Vila-matas quiere huir del realismo español imperante de las novelas que pululaban en aquellos días en la piel de toro. No quiere ser Cela, desde luego. Quiere ser un escritor francés, tal vez maldito, sobretodo de culto. Necesariamente marginal. Pero la novela es un sopor; he estado haciendo esfuerzos para acabarla, y porqué no decirlo, «disfrutándola» entre bostezos al mostrar los errores y horrores de un escritor que después se convertiría en uno de los grandes. Pero la verdad, si yo hubiera conocido a Vila-matas con esta novela, no le hubiera leído nunca más. Así que huid de Al sur de los párpados, rechazadla; no os perdéis nada, si acaso un galimatías pretencioso que lejos está de los sublimes galimatías pretenciosos que posteriormente tuviera a bien escribir Vila-matas, como los bartlebys, montanos o pasaventos, que tan profundamente calan en la memoria de sus lectores.
Al sur de los párpados es una novela de transición que no debiera haber salido del gabinete del escritor. Un ejercicio de estilo, como ya dije al principio, un divertimento que debiera haberse quedado en el cajón. Tal vez hoy día podría haberlo reescrito su autor y hacerla más legible, definiendo mejor a los personajes, en particular a esa Eva que de vez en cuando se intercala en el relato, o a esa Joyce, o Elena, o la madre. Todo está como desdibujado, como teñido por una neblina que nos impide ver por completo el extraño mundo que nos narra Vila-matas. Pocos personajes masculinos encontramos en la novela, a excepción de los poetas argentinos y a sí mismo, Stein, o Stan, pues no queda claro hasta bien entrada la novela el nombre real del personaje.
En conclusión, para no extenderme más, Al sur de los párpados es una mala novela. La peor de su autor, que hubiera hecho bien en quemar toda la primera edición de la misma y prohibir su inclusión en el volumen de En un lugar solitario. Nos sirve, eso sí, para evaluar el proceso de transición del autor; es decir, el proceso de convertirse en escritor, tal como nos cuenta en el prólogo del libro: el proceso de sentarse cada día y obligarse a escribir para terminar su tercera novela. Pero si lo que queréis es disfrutar con una novela de Vila-matas, leed otra cosa, tal vez su París no se acaba nunca, que se acaba de reeditar, o su Bartleby y compañía, pero jamás, jamás, leáis Al sur de los párpados. Odiaréis a Vila-matas.
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Teoría del barrio gótico
Esta mañana ha salido el sol como todas la mañanas y en la calle olía a verano. El sol lucía firme en el cielo, sobre las capas de dióxido de nitrógeno que contiene el pesado aire barcelonés. En la calle de Comtessa de Sobradiel, a la altura de la calle Palau, he vuelto a ver un graffiti del artista que firma como El arte es basura, lo cual me ha puesto muy contento. También había una cucaracha que rápidamente se ha metido por entre la alcantarilla y ahí la he perdido de vista; era grande y parda, de las que se pueden ver por el barrio, como los turistas, que también se dejan ver por el barrio, pero suelen ser más rubios.
Hablando de los turistas, en la misma calle de la Comtessa de Sobradiel, he oído a mis espaldas un gutural sonido proveniente de una garganta probablemente alemana, que decía «¡Heil, hel heil!» o algo similar. Como la norma del barrio es no inmutarse demasiado por los gritos de la gente no me he girado para ver qué pasaba. Hasta que un chico ha cruzado raudo tras de mí hacia la calle Palau, dejando tras de sí unos cuantos billetes. Detrás de él corría patosamente un corpulento abuelo alemán. ¡Heil, heil, heil! ¿Sería eso lo que gritaba? Lo cierto es que hasta que no he visto al ladrón no entendía lo que este hombre bramaba, y tal vez si hubiera gritado algo más genérico como un ¡Help, help, help! me habría dado tiempo a empujar al ladrón y que éste se hubiera caído al suelo, con lo que el vejete habría tenido tiempo de darle alcance.
El viejo alemán ha seguido tras el ladrón, tras coger del suelo el dinero que éste había tirado para que dejara de seguirles, y a ambos les he perdido de vista cuando han girado la esquina de la calle Palau. Hay que destacar que la zancada del alemán era superior a la del joven chico, que por contra era más rápido, pero tal vez poco ducho en las artes del robar, puesto que por la calle en la que se había metido por norma general hay siempre policías, puesto que es la parte trasera del ayuntamiento. Así que entre la enérgica zancada del abuelo y la poca pericia en escoger el camino, a nuestro joven delincuente su carrera como ladronzuelo le va a durar poco, o tal vez no, todo depende de las ganas que le pongas a tus propósitos.
Después de eso he seguido mi camino y aunque durante el trayecto he visto otras cosas dignas de mención, como una pareja de señoras muy ancianas que iban cogidas de la mano y se dirigían sin duda al café La Anxova, que es el bar donde acuden todos los viejitos de la zona, y también una muchacha con una falda muy corta y unas gafas de sol muy grandes que se dirigía a la plaza del tripi (o plaza George Orwell, según nomenclatura oficial) y algún que otro músico, de esos que llevan la guitarra a cuestas. El clima se ha atemperado, el pulso del barrio sigue latiendo y las hordas nos rodean entre la Vía Laietana y las Ramblas, con ese aire bobalicón y eternamente sorprendido, esas maneras bruscas e impertinentes, esos volubles alemanes que gritan heil heil heil y corren tras carteristas primerizos que acuden al centro del centro de Barcelona como las moscas a la miel; ese olor a orín y perfume alternativo. Esa Barcelona que sale en la parte oscura de una postal de dos euros en las mil tiendas de souvenirs del falso gótico barcelonés.
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