Teoría del barrio gótico

Esta mañana ha salido el sol como todas la mañanas y en la calle olía a verano. El sol lucía firme en el cielo, sobre las capas de dióxido de nitrógeno que contiene el pesado aire barcelonés. En la calle de Comtessa de Sobradiel, a la altura de la calle Palau, he vuelto a ver un graffiti del artista que firma como El arte es basura, lo cual me ha puesto muy contento. También había una cucaracha que rápidamente se ha metido por entre la alcantarilla y ahí la he perdido de vista; era grande y parda, de las que se pueden ver por el barrio, como los turistas, que también se dejan ver por el barrio, pero suelen ser más rubios.

Hablando de los turistas, en la misma calle de la Comtessa de Sobradiel, he oído a mis espaldas un gutural sonido proveniente de una garganta probablemente alemana, que decía “¡Heil, hel heil!” o algo similar. Como la norma del barrio es no inmutarse demasiado por los gritos de la gente no me he girado para ver qué pasaba. Hasta que un chico ha cruzado raudo tras de mí hacia la calle Palau, dejando tras de sí unos cuantos billetes. Detrás de él corría patosamente un corpulento abuelo alemán. ¡Heil, heil, heil! ¿Sería eso lo que gritaba? Lo cierto es que hasta que no he visto al ladrón no entendía lo que este hombre bramaba, y tal vez si hubiera gritado algo más genérico como un ¡Help, help, help! me habría dado tiempo a empujar al ladrón y que éste se hubiera caído al suelo, con lo que el vejete habría tenido tiempo de darle alcance.

El viejo alemán ha seguido tras el ladrón, tras coger del suelo el dinero que éste había tirado para que dejara de seguirles, y a ambos les he perdido de vista cuando han girado la esquina de la calle Palau. Hay que destacar que la zancada del alemán era superior a la del joven chico, que por contra era más rápido, pero tal vez poco ducho en las artes del robar, puesto que por la calle en la que se había metido por norma general hay siempre policías, puesto que es la parte trasera del ayuntamiento. Así que entre la enérgica zancada del abuelo y la poca pericia en escoger el camino, a nuestro joven delincuente su carrera como ladronzuelo le va a durar poco, o tal vez no, todo depende de las ganas que le pongas a tus propósitos.

Después de eso he seguido mi camino y aunque durante el trayecto he visto otras cosas dignas de mención, como una pareja de señoras muy ancianas que iban cogidas de la mano y se dirigían sin duda al café La Anxova, que es el bar donde acuden todos los viejitos de la zona, y también una muchacha con una falda muy corta y unas gafas de sol muy grandes que se dirigía a la plaza del tripi (o plaza George Orwell, según nomenclatura oficial) y algún que otro músico, de esos que llevan la guitarra a cuestas. El clima se ha atemperado, el pulso del barrio sigue latiendo y las hordas nos rodean entre la Vía Laietana y las Ramblas, con ese aire bobalicón y eternamente sorprendido, esas maneras bruscas e impertinentes, esos volubles alemanes que gritan heil heil heil y corren tras carteristas primerizos que acuden al centro del centro de Barcelona como las moscas a la miel; ese olor a orín y perfume alternativo. Esa Barcelona que sale en la parte oscura de una postal de dos euros en las mil tiendas de souvenirs del falso gótico barcelonés.

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