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Blog personal de Xavier Carrascosa, amb articles sobre arts & humanitats, disseny, jocs, i llibres.

  • Ulrich Beck y las grietas de Europa

    Lo dijo Ulrich Beck hace poco y pienso como él: “no entendemos esta Europa”. Murió el afamado sociólogo hace unos días cuando más se necesita una voz como la suya para dar algo de cordura a Europa, al menos en su visión, sus esencias, sus formas. Esas formas que implican el desprecio absoluto por el otro, creerse en posesión de alguna verdad, repetir consignas como dogmas de fe y seguir una determinado discurso, huyendo de la responsabilidad. Yo no entiendo Europa, y como Beck empiezo a ver los riesgos del éxito de la rápida modernización del mundo, esa modernización global que excluye o incluye a las personas según lo que alcancen a venderse. Pues una cosa sí es Europa: un enorme mercado, donde se venden cada día más baratas las aspiraciones y las vidas de sus habitantes, esa mercancía.

    Lejos de tener un concepto como el de la modernidad líquida de su colega Zygmunt Bauman, un sociólogo más certero en el eslógan y tal vez con más profundidad filosófica, las palabras de Beck poseen el rasgo de la rebelión, no son insultantes pero tampoco calmadas, nos incitan a luchar, pero siempre desde la reflexión y el discernimiento del verdadero problema. Ulrich Beck nos advierte de que «la utopía neoliberal es una especie de analfabetismo democrático. Apostarlo todo al libre mercado es destruir, junto con la democracia, todo el comportamiento económico. Las turbulencias desatadas por la crisis del euro y las fricciones financieras mundiales solo son un anticipo de lo que nos espera: el adversario más poderoso del capitalismo es precisamente un capitalismo que solo busque la rentabilidad.»

    Lo llaman el sociólogo de las grietas de la modernidad, que es una manera bastante poética para decir que era crítico con los de su tiempo, algo bastante común entre los sociólogos. Pero amaba Europa, o al menos, a esa idea de Europa con la que yo comulgo, que tal vez solo vive ya en los libros y que como dice Beck “tiene que reencontrar su identidad en las grandes obras europeas, en los monumentos, en los paisajes de la cultura. Nada hay que objetar a volver a leer las obras de Shakespeare, Descartes, Dante o Goethe, o a dejarse hechizar por la música de Mozart y Verdi.” Esto puede parecer una ñoñería visto desde la óptica utilitarista de los tiempos, este zeitgeist que ve en la retahíla anterior solo el maná del turismo y la subvención. No sé si me explico, pero lo que digo es que esta Europa se muere, y Beck no lo podía ver porque amaba a una Europa muerta y se resistía a aceptar su suicidio. La idea de Europa migró, ya está lejana, como migran los jóvenes españoles en busca de un futuro mejor; un futuro lejos de esta superada Europa de los recortes y la austeridad.

    Si hay un espíritu de Europa debe residir exiliado en algún continente que aún considere que su arte y su cultura es lo que le define como continente, más allá de las fronteras inventadas o geográficas. Ese continente no es Europa, porque el arte y la cultura se supeditan al Dios mercado y si a éste no le sirve se desprecia por su inutilidad. Es difícil el encaje del arte en un mundo dominado por el capital, si este no le sirve; el desenlace del último chiste del arte es que se vende así mismo carísimo, si puede, para prestigiarse a ojos del poder económico, y transmutarse como objeto de preciado deseo, capaz de otorgar buen gusto y distinción a su dueño. Banksy, el gran impostor artístico de nuestro tiempo, también juega a este equívoco. Por no hablar de Olafur Eliasson, Damien Hirst o Jeff Koons. Se traicionan un poco, pero creo que los artistas lo han hecho en todos los tiempos pues siempre penden de un hilo; algunos para no meterse en líos y agradar a los poderosos crean lujo en lugar de arte, otros dibujan tiras cómicas y se meten en líos.

    No sé porqué acabo hablando de arte en un texto sobre Ulrich Beck, pero es momento de retormar el hilo y exponer parte de su pensamiento en lo que vino a llamar “la sociedad del riesgo”, veamos si ésta visión se adapta a la realidad europea imperante, la que llamaré como la Europa del precariado: «Los riesgos causan daños sistemáticos a menudo irreversibles. El reparto e incremento de los riesgos sigue un proceso de desigualdad social. Hay un vacío político e institucional. Los movimientos sociales son la nueva legitimación. Las fuentes que daban significado colectivo a los ciudadanos están en proceso de “desencantamiento”. En las nuevas sociedades recae en el individuo un proceso de “individualización” a través de una desvinculación de las formas tradicionales de la sociedad industrial y una re-vinculación con otro tipo de modernización. Las fuentes colectivas que dan significado a la sociedad se agotan y el individuo, busca de forma independiente, una identidad en la nueva sociedad. Retorno de la incertidumbre; riesgo como reconocimiento de lo impredecible y de las amenazas de la sociedad industrial.»

    Para terminar, una última reflexión de Ulrich Beck acerca de la flexibilidad, concepto tan manido últimamente en boca de los políticos europeos creadores del precariado: «La “flexibilidad del mercado laboral” es la nueva letanía política, que pone en guardia a las estrategias defensivas clásicas. Por doquier se pide más “flexibilidad” o, dicho de otro modo, que los empresarios puedan despedir más fácilmente a sus trabajadores. Flexibilidad también significa que el Estado y la economía trasladan los riesgos al individuo.» Así pues, en esta Europa del precariado todo es flexible — Bauman diría “líquido” — y los riesgos recaen en el individuo, que a su vez está desencantado con el colectivo; ¿es este el canon de la nueva Europa? Entonces, si las tradicionales fuentes del colectivo, políticas, institucionales, ya no sirven, ¿a qué fuentes acudimos para buscar nuestra identidad en la nueva sociedad? En la respuesta a esta pregunta podemos imaginar el futuro.

  • Diderot: el juego

    Diderot: el juego es un party game que simula la creación de la Enciclopedia por parte de los ilustrados de la Francia del siglo XVIII. Diderot es un juego para tres a nueve personas, de unos veinte minutos de duración, dependiendo del número de jugadores.

    Se trata de escribir palabras que puedan definir o explicar los temas que Diderot quiera incluir en la Enciclopedia. Para ello, en cada turno, el jugador que lleve a Diderot anuncia un tema y los demás jugadores deberán empezar a escribir secretamente las palabras que mejor se adapten tanto al tema como a los puntos de victoria que su personaje pueda ganar. Como cada personaje es distinto en algunas rondas se ganarán más puntos y en otras no se ganará nada; esto es debido a que en la Enciclopedia había redactores que eran más prolíficos que otros. Cuando los jugadores hayan jugado con todos los personajes se hace el recuento final de puntos y ganará aquél que haya obtenido más puntos de victoria en las sucesivas rondas.

    Descarga el PDF de Diderot: el juego (5.1 Mb)

    Nota: Este juego iba a ser presentado en un concurso de “juegos en postales” que organizó una tienda de juegos a finales de año pasado, pero no me dio tiempo a terminar y por eso no lo presenté. Ahora, ya presentable, lo libero con la intención de que quien quiera se lo imprima en “print & play” y lo pruebe. El juego cabe en un DIN-A5, aunque quizás sea más cómodo imprimirlo en DIN-A4 (una hoja normal). Respecto al juego, considero que hay personajes mucho más complicados que otros, pero como al final todos los jugadores juegan con los mismos personajes hay las mismas posibilidades para todos. Sin embargo, si algún jugador considera que se pueden mejorar las características de algún personaje, que me envíe un comentario o mail y terminamos de pulir el juego. ¡Gracias por jugar!

  • Idea y repetición

    Hace unas semanas que empecé una serie de artículos sobre el proceso creativo del diseño de juegos de mesa, pero desgraciadamente no les di la continuidad que requerían: entre las vacaciones, mi creciente predilección por contar las cosas en el podcast y la duda de si lo que tenía que contar sobre el tema tenía validez e interés me llevaron a la conclusión de que era mejor pasar página y continuar con otros proyectos.

    Sin embargo, algunos amigos me siguen animando a que cuente cosas sobre la creación de juegos, que explique de qué manera va surgiendo un juego. Lamentablemente no puedo escribir mucho sobre eso pues tras mucho meditar — es un decir — he llegado a la conclusión de que se aprende a hacer juegos jugando; que no por mucho que uno lo explique va a conseguir más que si directamente va y juega y se pregunta “¿y si esto fuera así? ¿y si cambio esto o lo otro?”. Vendría a ser algo como cuando uno va a un curso de escritura y escucha al profesor explicar como se debe escribir (que en mi opinión no sirve de mucho) hasta que te pone el ejemplo de algún autor, te da una serie de lecturas y te pide escribir, pero siempre después de leer.

    Podríamos decir entonces que todo es una repetición. Se hace en tanto que se ve hacer. Todo lo que creemos nuevo no es más que la mejora de algo viejo, si aplicamos la lógica anterior. No existe la novedad, solo artefactos nuevos. ¿Será así? Puede que en el mundo artístico o cultural pueda ser todo una repetición de viejos temas: los hay que opinan que no se ha escrito nada nuevo desde las tragedias griegas, pues ya albergan todos los sentimientos humanos y por ello son siempre modernas. En el campo de la ciencia y la tecnología no puedo estar de acuerdo, ahí sí hay novedad y no veo que se repitan patrones del pasado; si acaso, se aplican soluciones nuevas a los problemas de siempre.

    Entonces, en el campo de los juegos ¿podemos hablar de novedades? Muchos opinarán que sí, que indudablemente hay muchos juegos que son auténticamente novedosos. Otros opinarán que no, que todos los juegos repiten ciertos patrones inalterables: dados y cartas implican azar, un tablero cuadriculado implica estrategia, y la mayoría de los juegos en nuestras estanterías son una combinación de estos elementos. Así pues, ¿se puede enseñar a crear estas combinaciones? ¿o éstas surgirán por el simple proceso de haber jugado a otras? ¿Sin jugar, podré inventar el juego?

    Puede asemejarse esto a la escritura, como mencioné antes; existe un abecedario con un puñado de letras, con esas letras formamos palabras, luego podemos producir combinaciones y formar textos. Entonces, se puede enseñar a crear textos, pero es mejor si antes hemos leído algo. Lo que pasa es que todos aprendemos a escribir, pero no necesariamente a inventar historias, y ya no hablamos de novelas o poemas. Tenemos las herramientas que por la educación básica nos han dado a todos, pero no todos están dotados de la sensibilidad o la urgencia de escribir, si no es necesario hacerlo. De la misma manera, todos podemos hacer juegos, pero otra cosa es inventarlos.

    Para terminar, creo que la creación es una combinación de dos factores: idea y repetición. La idea es aquello que queremos realizar, el objetivo final. La repetición es el medio que usamos para llevarlo a cabo. Y digo repetición porque no tenemos otra forma de hacerlo que con el ejemplo de algo ya hecho, que la genialidad no surje de forma espontánea, y la originalidad no es más que la reinvención de lo viejo para que se ajuste a la cosmovisión moderna. Pero sin ideas, no hay cosas nuevas, y no hay nada que nos guste más que la búsqueda incansable de la novedad, de las historias nuevas, de las noticias, de esa dosis de internet que nos proporciona el chute de novedades diarias. Pero lo repetimos todo, solo los nombres y los lugares cambian, las historias son siempre las mismas… y es que no hay nada nuevo desde que los antiguos escribieron las tragedias griegas.


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