Blog personal de Xavier Carrascosa, amb articles sobre arts & humanitats, disseny, jocs, i llibres.
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Bicing
Desde que llegué a Barcelona, hace ya cinco años, habré utilizado el coche en contadísimas ocasiones. Considero que ésta ciudad se presta muy bien a moverse con transporte público; con el metro se llega a todas partes, y si se te hace muy tarde, siempre puedes coger un taxi o un bus nocturno. Claro que la broma del taxi nos va a salir bastante cara, porque por el simple hecho de montarte en el taxi ya te cobran dos eurazos. Estaría bien aplicar esa misma medida a todos los sectores; dos euros por ir a la panadería, o por encender la tele, o por entrar en el banco… bueno, en ésto último ya se aplica.
El caso es que traje la bici a Barcelona durante el primer verano que pasé aquí, puesto que entrar en el metro en pleno agosto es sofocante, angustioso y agónico; porque en Barcelona no hay aire acondicionado en el metro, y como hay mucha humedad y aún más gente -entre turistas, locales y carteristas- hace que sudes la gota gorda y llegues a todas partes cagándote en la perra porque llegas hecho unos zorros a todas partes. Así que, puestos a sudar, prefería hacerlo al aire libre y llegar a los sitios en bici. Parecía un buen plan, pero he aquí que no contaba con un problema muy común entre ciclistas: los robos de bicis y la estupidez de peatones y conductores.
No es que me robaran la bici, es que tenía que vigilarla continuamente porque en la misma calle donde trabajaba había los restos de otras bicis; esto es, atadas a una farola o un poste reposaban aquí y acullá los cuadros de bicis desmanteladas, sin la rueda de delante, sin el sillín, sin manillar… y entre esos restos estaba la mía, esplendorosa, con cambios nuevos de Shimano, con sus cuernos y su belleza clásica de mountain-bike. Pero en fin, no me la robaron, tal vez porque nunca la dejé de noche, solo la utilizaba para ir y venir de trabajar o dar un paseo durante el día. La cosa cambió cuando cambié de trabajo y me permitieron dejar la bici en el almacén -que a priori parecía una idea excelentísima- pero no pensaban lo mismo los chicos del almacén, que me rompieron los cuernos de la bici y siempre me la encontraba tirada en el suelo cuando llegaba de currar. Así que finalmente sucumbí a la estupidez humana y me acostumbré a ir andando a trabajar, ya que vivo relativamente cerca del trabajo y llego en media hora caminando.
Estuve tentado hacerme socio del Bicing nada más salir, pero las malas experiencias de un amigo, que comentaba que las bicis estaban descuidadas y había muy pocas me hicieron desistir. Hasta hace unas semanas, que me decidí a hacerme socio porque ese mismo colega me había dicho que ahora el servicio funcionaba a las mil maravillas. Y tiene razón, ahora mismo usar el Bicing es un placer, a pesar de los inconvenientes. Hay muchas paradas de Bicing, al menos un par por cada estación de metro, y sin ir más lejos al lado de mi casa hay una, y si ahí no hubiera bicis, tengo otra parada a tan solo cinco minutos. Y si no encuentro en ningún lado, hay aplicaciones para móviles que me dicen dónde están las bicis, todo un acierto que se agradece mucho. Antes no era así, prácticamente el Bicing estaba acotado al centro, y muchos pensábamos que era un reclamo para turistas, pero no para los ciudadanos. Pero la cosa ha cambiado un montón, y realmente hay muchas paradas, muchas bicis y muchos ciclistas.
Lo que no ha cambiado es la estupidez humana; peatones y conductores siguen viendo en el ciclista un estorbo fuera de lugar. Si circulas por la acera, haya o no haya carril bici, la gente no se aparta o directamente te dificulta el paso -algo curioso, porque cuando yo voy andando y veo que alguien viene andando de frente me aparto o se aparta, porque si no chocaríamos, creo que es algo de la física-, pero la gente común tiene ganas de que la atropellen con una bici, a tenor de su comportamiento. Es la misma gente que, cuando cruza por un paso de peatones, antepone el carrito del bebé y se abre camino con él, aunque esté en rojo para los viandantes. Los peores, aunque esté feo decirlo -y acaso sea políticamente incorrecto- son los y las abuelas. Los primeros se sienten muy a gusto andando lentamente por el carril bici, ajenos a todo, y parándose muy a menudo a mirar desafiantes a los ciclistas. Las segundas siempre miran mal a los ciclistas y a la que pueden te hacen saber que tienes que ir por la carretera -y esto es particularmente gracioso cuando te lo dicen mientras van por el carril bici-, por lo que finalmente he optado por lo que hacen la mayoría de los ciclistas: seguir pedaleando y no mirar atrás.
Hablemos de los conductores, esa fauna que ya me caía mal mucho antes de ir en bici, porque antes que ciclista urbano fui conductor y me conozco el percal. Un conductor es una persona que va a los mandos de un vehículo generalmente más fuerte y robusto que una bicicleta; un tipo seguro de sí mismo y que si ve un hueco se mete; si ve un semáforo en ámbar acelera; si hay una intersección mete el morro para hacerse ver; y si hay bicis intenta adelantarlas rápidamente y sin muchos miramientos. Que para eso está en su casa, la carretera, donde es rey, amo y señor. Como conductor que también soy de coches, opino que las bicicletas son lentas, pero jamás se me ocurriría adelantarlas temerariamente, como tampoco hago con las motos, porque encima de la bici va una persona por lo general desprotegida. Ese desprecio por la vida va en aumento, y cada vez más hay un total desprecio hacia los ciclistas. El conductor siempre piensa que deberían ir por la acera o en los carriles bici. El peatón piensa todo lo contrario, que los vehículos de toda condición deben ir por la carretera. El ciclista piensa que debería haber más carriles bici, no solo los necesarios para las fotos y para decorar paseos, y que se juega la vida si le adelanta un bus por la derecha y un coche por la izquierda. Al final, prevalece la máxima: sigue pedaleando y no mires atrás.
Esa masa vocinglera de aprendices de Salvador Sostres, que arremeten contra todo lo que no sea establishment, son los que hacen que andar por bici en la ciudad no sea la mejor de las formas de movilidad urbana que existen. Un medio de transporte tan sano, ecológico, silencioso, práctico y ágil que por diferentes vicisitudes no acaba de encajar en las grandes urbes, debería ser objeto de especial atención y promoción por parte de las autoridades. Pero no una promoción de las típicas de Barcelona, que lo único que hacen es encubrir un afán recaudatorio voraz -esto es, para promocionar el uso de la bici subimos las tarifas de los aparcamientos- o la insultante creación de carriles bici, que son una rayas pintadas de blanco en una acera por donde igualmente va a pasar andando todo el mundo porque así era, así es y así será siempre, pero el alcalde quería una foto buenrollista y se pintaron las aceras de la Meridiana, aunque haya que esquivar árboles, postes, contáiners, macetas, sillas de bar y demás obstáculos que el alcalde jamás va a ver porque no pisa la calle ni sale de casa sin su chófer.
Pero con todo lo demás, ir en bici es un placer. Obviando todos los inconvenientes, uno llega a trabajar antes, uno puede descubrir calles por donde antes nunca había pasado, o tiendas nuevas, o lo que sea, y puedes dejar la bici y descubrir tranquilamente lo que la ciudad te ofrece, cosa que si van en coche o moto no puedes hacer, porque vas a pasarte un buen rato buscando un párking. Eso es lo bueno del Bicing, en particular, que puedes dejar la bici en cualquier estación y te olvidas, ese es su gran acierto, en una ciudad donde atar una bici y que no le pase nada es un acto de fe. Por muy poquito dinero al año, yo recomiendo a todo el mundo que viva o que venga a menudo a Barcelona, que se haga socio del Bicing.
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Dragon Age: Origins
Hace unas semanas me compré una Playstation 3 aprovechando que estaban de orferta en el FNAC, así que finalmente he caído de nuevo en las garras del mercado. Qué le voy a hacer, la vida es así, no la he inventado yo.
Bien, la cosa es que estuve mirando algunos juegos para estrenarla y cogí algunos baratos de segunda mano, que valen más o menos lo mismo que me costaban los de Spectrum cuando yo era peque. Entre ellos, el Dragon Age: Origins… ¡qué vicio, señores! ¡Qué vicioooo! No pensé que un juego de consola me haría revivir aquellas tardes jugando a rol en el ordenador, a juegos como el Dungeon Siege, el Neverwinter Nights o el Arcanum.
Bajo una premisa sencilla, que es la eterna lucha del bien contra el mal, se esconde un interesante mundo de fantasía poblado por elfos, enanos y humanos, además de fauna peligrosa como lobos sangrientos, osos de las cavernas y arañas venenosas. Clasicazo. A través de su grandísimo mundo vamos conociendo a gente que se puede unir a nuestra causa, que no es otra que la de unir a los pueblos libres para luchar juntos contra la amenaza de los engendros tenebrosos.
El juego demuestra estar hecho para un público un poco más adulto que el de un juego de rol tradicional, y es que los personajes no son negros o blancos, si no que admiten varias gamas de matices grises. Ni los malos son tan malos ni los buenos tan buenos. Es el rollito que se lleva ahora gracias a los Juegos de Tronos y demás libros de nueva fantasía. Hay mucha intriga palaciega, e incluso puedes tener algún romance con los personajes, según tus actos en el juego.
Además, el juego será diferente según el personaje que creemos. No será lo mismo, por tanto, hacerse hombre o mujer. También podremos ser humanos, elfos o enanos; y elegir ser guerreros, magos o pícaros. Luego empezaremos en un castillo, si somos humanos nobles, o en la torre de la Capilla (que es un reflejo de la iglesia en el juego, sin nombrarla). Los magos están confinados en la torre de la Capilla, pues son considerados peligrosos por todos, así como los elfos malviven en las elferías de los suburbios de las grandes urbes, o se van a los bosques a revitalizar su olvidada cultura. Pinceladas que se agradecen en estos juegos de corte fantástico, tradicionales pero adaptados a los nuevos tiempos.
En fin, que me está gustando mucho el juego, que es con diferencia al que más estoy jugando en mi nueva consola, y a pesar que llevo más de ocho horas de juego aún no he recorrido ni el 15% del mundo. Esto me recuerda al fabuloso Arcanum, que aunque jugué muchísimo jamás terminé de explorarlo todo. No sé cuantos juegos habrá así en la Playstation 3, pero un servidor ha visto por ahí el Oblivion y el Skyrim…
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La piel que habito
La última película de Almodóvar trata de un médico que investiga un nuevo tipo de piel más resistente, capaz de resistir al fuego, después de perder éste a su mujer tras un accidente de tráfico donde quedó carbonizada. Esa es la parte que se puede contar si aún no habéis visto la película. Lo que viene a continuación no se debe leer bajo ningún concepto si aún no has visto la película y quieres disfrutar plenamente del placer de ver éste nuevo despropósito del director manchego.
La piel que habito está lejos de parecerse a lo que su director tenía en mente cuando la ideó. Tras las sinopsis inicial del médico investigador, se esconde un terrible secreto, tan terrible, que es absurdo. La cosa es que el médico tiene en su casa a una paciente algo neurótica con tendencias suicidas, por lo que la tiene recluida en una habitación, mientras va investigando lo de la piel super resistente y hace pruebas con ella. Viven en la casa el médico, la paciente, la ama de llaves y el resto del servicio, al cual despiden por puro placer de Antonio Banderas (porque el actor que hace de médico es Antonio Banderas, y tú lo que ves es a Antonio Banderas haciendo de médico, no a un verdadero actor).
Bien, la cosa continúa de forma rocambolesca al aparecer en escena un señor disfrazado de tigre, que en realidad es el hijo de la señora que hace de ama de llaves, y que resulta ser también la madre del médico, pero sin que los dos lo sepan. La trama se complica cuando el tigretón, todo engorilado, ve por las pantallas de la cocina a la paciente haciendo ejercicios de yoga (en efecto, en la cocina hay pantallas de vigilancia, y sí, la paciente está muy buena porque es Elena Anaya). El caso es que el tigre va a la habitación donde la tipa hace sus ejercicios de yoga y se la tira. Tras la culminación del pecaminoso acto, aparece Banderas pistola en mano dispuesto a matar a ambos, pero solo mata al tigre porque entiende que su paciente ha sido víctima, y se reconcilia con él.
Tras deshacerse del cuerpo, Banderas vuelve a El Cigarral (se me había olvidado, la acción transcurre en Toledo en 2012, en la finca del Cigarral), y se va a dormir acto seguido con la paciente, ya recuperada y lista para una noche de sexo. Mientras tanto, Marilia (la ama de llaves interpretada por Marisa Paredes, que me lleva el mismo look que la Kidman en Los otros, y que actúa aún peor que Banderas, que ya es decir, aunque bueno, aquí ningún actor se ha tomado muy en serio el guión), pues Marilia digo, está como inquieta porque la paciente anda suelta con el médico, cosa que es muy peligrosa porque la tía está un poco loca. Ah sí, también han matado a su hijo, pero eso no le importa tanto porque «se veía venir». Además, en un ataque de sinceridad que no viene a cuento, le explica a Vera (la paciente) que el tigre fue el culpable de que se muriera la mujer de Banderas, porque años atrás, cuando ambos se conocieron se gustaron y huyeron juntos en coche, con tan mala fortuna que tuvieron un accidente donde el tigre se salvó y la mujer de Banderas quedó carbonizada (que no muerta) y estuvo al cuidado del médico hasta que ésta un día se levantó de la cama y se vio al espejo, y se dio tanto asquito que se tiró al vacío, muriendo a los pies de su hija que en ése momento estaba jugando en el patio de su casa. ¡Qué horror y que mala suerte, chato!Y ahora llega el punto culminante de la peli, el punto donde dices «Almodóvar, ¿que cojones me estás contando?», el punto sin retorno que convierte este bello despropósito en un despropósito a secas. El punto. La cosa va de que tras intentar follar sin éxito (puesto que a Vera le duele), se quedan dormidos Banderas y su paciente. Entonces recuerdan lo que les llevó a esa situación, que si hubiera estado bien explicado, al espectador le parecería una obra maestra al mostrarnos Almodóvar que la naturaleza de las personas dista mucho de ser lo que en principio aparenta; juega con el ser y la apariencia, recurso largamente utilizado tanto en el cine como en la literatura, pero el manchego lo hace de la peor forma posible. Si no has visto la película, no leas el siguiente párrafo, que es la sorpresa que tiene la película y el leit motiv de la misma (ya que hasta ahora parecía otra cosa, que Banderas quería convertir a la paciente en una doble de su mujer, y asegurarse de que no moriría carbonizada gracias a la piel super resistente de su invención).
El concepto. La cosa va de que Banderas tenía una hija; a la hija la intentaron violar en una fiesta, a la que ambos acuden. Como resultado, la hija enloquece, tiene miedo de los hombres en general y de su padre en particular y se tira por la ventana, tal como hiciera su difunta madre, con lo que la hija se muere y Banderas decide vengarse. Pero no se pone la máscara del zorro, cosa que hubiera sido un guiño genial; descubre quién intentó violar a su hija, lo secuestra y lo somete a… tachán tachán… ¡una operación de vaginoplastia! Vamos, que lo convierte en una mujer de rompe y rasga (Elena Anaya), a la que tiene encerrada en una habitación, engañando a todo el mundo con el rollo de que es una paciente. Se descubre así que Vera en realidad es Vicente, y que por esa razón quiere escaparse, aunque cuando puede hacerlo no lo hace y prefiere quedarse a dormir con el médico. Al menos por una noche, ya que a la noche siguiente Vera se carga a Marilia y a Banderas, escapa del Cigarral y se vuelve al pueblo, a la tienda de su madre, donde dice que en realidad es Vicente y le creen. Fin.
En conclusión, La piel que habito es, para un servidor, un despropósito mal contado, a todas luces increíble (en su sentido más literal; que no se puede creer), estéticamente impecable, musicalmente sublime (la banda sonora es muy buena, algo a lo que Almodóvar nos tiene acostumbrados, como si quisiera educarnos musicalmente, me gustó mucho Concha Buika); pero está torpemente dirigido. Parece que hubiera sido el trabajo de un director novel que quisiera parecerse a Almodóvar, en lugar de una película del propio Almodóvar. Y considero que una película puede tener una trama tan retorcida como la que plantea este film (de hecho, la trama está basada en una novela: La tarántula, de Jonquet Thierry), pero se puede contar de otra forma.Si Almodóvar quería que nos tomáramos la película en serio, por favor, que no hubiera puesto a un señor disfrazado de tigre, que no hubiera colocado un pelucón rubio a la ama de llaves, que no hubiera convertido a Elena Anaya en una calcomanía de Penélope, que no hubiera utilizado a una sombra de actor como Banderas… y que se hubiera tomado en serio a sí mismo, porque esto lo que es en realidad es una caricatura. Lo siento mucho Almodóvar, pero así no se hace.
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