Categoría: Relatos

  • Un mal día lo tiene cualquiera

    Un mal día lo tiene cualquiera

    Le pegaron un tiro. Era un tiro en el estómago, así que pronto moriría. Rápidamente y sin pensárselo dos veces sacó el teléfono móvil y tomó varias fotos de la zona afectada, acto seguido envió un mensaje vía Discord avisando a sus amigos de que probablemente no llegaría a tiempo para la partida del Heartstone, reafirmándose en que siempre hubiera preferido jugar a Magic. Aún le quedó un aliento de vida para abrir Instagram y publicar una historia con las fotos en las que salía sangrando; dejar una nota de despedida en Twitter y esperar, en directo en Twitch mientras la vida se le escapaba, algún que otro comentario de sus 2000 seguidores. 

  • Tarde de agosto

    Tarde de agosto

    Cruzó la morena con todo su arte por la calle y el viejo se quedó asombrado por tanta belleza. No debía pasar de veinte aunque si somos honestos tal vez tampoco fuera mayor de edad. Pero el caso es que tenía rotundas formas de mujer, larga cabellera morena, rasgos juveniles delicados, piernas largas y bien torneadas, el pecho abundante y firme y mucha piel expuesta al sol. Un fabuloso ejemplar de mujer que se contoneaba en la calurosa tarde oliendo a perfume y a playa. El viejito siguió distraidamente a la muchacha, que paseaba sin prisa mirando los escaparates de las tiendas de la costa. El sol brillaba con fuerza y el calor hacía que el sudor se pegara a la ropa. Un grupo de turistas pasó a su lado, mirándolo. El viejito sonrió y se metió en una cafetería, un poco asustado porque pensó que tal vez lo habían visto mirar descaradamente a aquella muchacha. Pero no podía quedarse así.

    Un café con leche y me indica dónde está el lavabo, por favor. El camarero señaló una puerta al fondo y hacia allí fue el viejo, con la impresión de que los ojos del camarero se fijaban en su cogote con un gesto de desaprobación. Qué dura es la vida cuando llega uno a viejo, y más en mi situación. Cerró la puerta tras de sí, aún con la muchacha en el recuerdo, tan joven, tan llena de vida, tan frágil, tan deseable.

    Se palpó la entrepierna y se dejó llevar, sudando y resoplando. Mientras con una mano descubría viejos placeres, con la otra se apoyaba en la pared, y con un pie mantenía bien cerrada la puerta, con todo una imagen bastante graciosa a la par que patética, pero ¿quién demonios soy yo para criticar? Al fin acabó de la única forma posible y el viejito se serenó, de nuevo se hizo la paz interior, tal vez un poquito de culpa pero lo cierto es que no hizo mal a nadie, otros en su lugar a saber qué hubieran hecho, mejor ni pensar.

    Salió del lavabo y se dirigió de nuevo a la barra, el café con leche estaba ya frío y lo bebió casi de un solo trago. Insistió en pagar pero el camarero no quiso aceptar el dinero. No se preocupe padre, éste café lo pago yo. El viejito sonrió agradecido. Gracias muchacho y a ver si te veo más por la iglesia. En el umbral de la puerta se santiguó y se lanzó de nuevo a la calle, con éste infernal agosto, lleno de demonios tentadores en cada esquina. 

  • Raza

    Raza

    Finalmente todos aceptamos el juego. Vivimos en una red tejida en un tiempo pasado, demasiado dura y fiable como para tratar de romperla, pues nunca se rompe.
    El tiempo que nos queda lo vamos perdiendo irremediablemente cuando entramos de lleno en la vorágine de la economía de mercado. Nos dedicamos a comprar y a tratar de vender algo desde la más remota antigüedad. Todo es mercancía. Todo es susceptible de tener un precio, incluido el cuerpo y la mente. Éste no es un mundo cruel creado hace pocos siglos, éste es un mundo que define una raza.

  • Con Praga no podrán

    Con Praga no podrán

    Como diría Walser a Rosario Girondo al final del trayecto vital y literario que supone la novela El mal de Montano, todavía nos queda Praga. Con Praga no podrán. Muchas son las vicisitudes por las que está pasando este pobrecito escribiente, este que ahora mismo está escribiendo lo que ahora estás leyendo, que teclea por pura desesperación. El mal de Montano se une a otros muchos males, y como  Walser, solo me apetece salir de casa y pasear para ver el mundo con amabilidad y sencillez. Aunque también, como a Walser, la negritud y el desasosiego le irrumpan al final del día, con toda su crudeza, para que no olvide –que no olvidemos ninguno– que todo puede desaparecer en un abrir y cerrar de ojos.

    El riesgo de la exclusión es tan palpable que lo rozamos cada mes con la yema de los dedos. Jugueteamos con él, infantilmente creemos que a nosotros no nos puede ocurrir. Como pensaba Cristina Fallarás antes de su catástrofe personal, a mí no me pasará. Aquí no, a mí no. Pero el Gran Complicador realiza un encomiable trabajo. Es un gigantesco odradek perdido que golpea con toda su furia y aletean las mariposas inocentes en el mar de las dudas mientras con Su martillo destroza ilusiones, esperanzas y alas de mariposas inocentes. Como Fallarás, contemplo el abismo, aunque en mi caso aún desde el otro lado, de los que nos paseamos por el borde del precipicio y aún vamos a restaurantes y pagamos con tarjeta de crédito.

    Así me siento hoy en un día cualquiera de principios de junio de dos mil trece. El futuro es ahora, y nos lo han fabricado ya obsoleto, como esos electrodomésticos que llevan la obsolescencia programada, para que pasado un tiempo no sirva y tengas que comprarte otro. ¿Qué futuro podemos comprar? ¿Acaso se puede comprar el futuro? ¿Quién nos vende el futuro? El Gran Complicador sonríe desde las alturas para fulminarnos con un último mazazo. ¡Crack! ¡Crack! ¡Crack! Muerte de mariposas inocentes en mares de dudas. Bienvenidos al futuro, el futuro bordea el abismo por donde nos paseamos con tarjetas de crédito y miramos de soslayo al precipicio, ajenos a los lamentos de los ya excluidos, de los ya sin futuro. Bienvenidos al mundo que nos han fabricado para nuestra agonía personal. Pasear, pasear, como Walser, tan solo pasear, y perderse en las calles para respirar un aire nuevo. Pasear y no mirar al abismo, mirar enfrente, observar a los Rosario Girondo del mundo y saludar cómplice a los que se agarran al risco de la creación frente a las fauces del abismo.

  • Cuentópolis

    Hoy voy a ponerme en modo Paco Umbral y decir eso de aquí he venido a hablar de mi libro. Sí amigos, alguna vez tenía que empezar a hacerme algo de autobombo y aparcar la timidez, la inseguridad o la modestia para hacer publicidad de mí mismo. Pues bien, resulta que hace unos meses, concretamente para la festividad de Sant Jordi, me publicaron un cuento en una antología de relatos. El libro en cuestión se llama Cuentópolis y está publicado por la editorial Mucho Cuento de Planetababel.

    Para todos aquellos que quieran conseguir un ejemplar, si viven en Barcelona, pueden acudir a la presentación del libro que tendrá lugar en el centro cultural La Valentina (plaza Regomir 2, Barrio Gótico, al lado del Pati Llimona) el sábado 9 de junio a las 19:00h. En la presentación vendrán los autores e ilustradores de los cuentos, y habrá un pica-pica gratis para todos.

    Si no podéis –o no queréis– asistir a la presentación, pero queréis un ejemplar, todavía me quedan unos cuantos de los que me dieron en Planetababel. Contactad conmigo para ver como os lo puedo hacer llegar. En principio el libro lo venden a 15 euros, pero os lo dejaría por 10 euros con gastos de envío incluidos si tengo que enviarlo por correo, o lo cambio por un café y una buena conversación si os lo doy en mano en Barcelona.

    Por otro lado, también me publicaron un artículo en la revista digital Prosofagia, un referente para los autores nóveles, con el título Cómo engañar a un lector editorial. Si os interesa el tema, o simplemente queréis ver la revista, podéis descargar el último número en su web. Y hasta aquí el modo Paco Umbral. En próximos artículos recuperaré la tónica habitual del blog.

  • Fotografía de arquitectura


    Paseo mi mirada triste por las blancas paredes de la casa, harto de andar buscando ese rincón mágico que haga valer la foto que tome. Pero no hay nada de interés en esta minimalista, fría y carísima construcción de la pareja de arquitectos que me ha contratado –pensando tal vez que yo era un verdadero artista– para que su vivienda ideal salga en portada de alguna publicación del ramo, tipo “Arquitectura y diseño”. 

    Nada más lejos de la realidad. Esta casa no enamora; a nadie podría gustarle. No destaca. Tal vez haríamos buena pareja. Porque yo también soy un tipo anodino; nada hay en mí digno de destacar. Es por eso que hago fotos; para ver en otros las cualidades de las que carezco y retratarlas, con ánimo de copiarlas en mí mismo. Pero no funciona. No soy eficaz en ello.

    El hastío hace mella en mí; no sé si esta casa es vulgar o lo soy yo, pues soy incapaz de encontrar en ella ni un atisbo de originalidad. En fin, sigo paseando por las habitaciones, hasta llegar al jardín: el único lugar un tanto cálido de la casa. Preparo mi cámara, creo que aquí hay al menos algo de verde, que contrasta con las blancas e impolutas paredes. Es irónico tomar una fotografía de arquitectura moderna y retratar a las flores como modelo. Pero desisto. No puedo sacar una foto ahora. Pienso en ella. La busco; no la veo. ¿Qué pensaría de mí ahora? Tal vez, que esta foto sería la que sacara un aficionado; un advenedizo. Yo tengo que tomar  fotografías que enamoren al espectador, tengo que hacer con la cámara lo que sin ella soy incapaz de hacer. 

    Busco el encuadre, la luz,  el momento propicio. La busco a ella, pero no la encuentro. No reside en la casa, solo en mi cabeza. Intento llamarla, porque no puedo enamorarla sin sacar una buena foto. Me topo con la piscina, en una esquina del jardín. Preparo de nuevo mi cámara. La veo salir mojada de entre las aguas. Entonces tomo la foto. En mi cabeza ha quedado perfecta. En la pequeña pantalla veo, sin embargo, una anodina piscina: una foto tomada por un vulgar fotógrafo.
  • El miedo

    Confieso que tengo miedo, no me cuesta admitirlo. El miedo siempre ha formado parte de mi vida, pero ahora lo noto mucho más presente, más activo, como si se hubiera pasado una temporada en el gimnasio y volviera a mí con mayor fuerza: unos bíceps de pavor desmesurado, unos pectorales de espanto aletargado; posee unos dientes aún más afilados que antaño. El miedo juguetea con morderme en el cuello cual vampiro; de hecho, tal vez ya esté vampirizado por él, y por eso actúo como un autómata por su artificio, incapaz de tomar decisión alguna sin consultárselo antes. Soy dependiente del miedo, me consume, me incapacita, me vuelve un inútil que se pasa las horas frente al ordenador buscando retazos de libertad que me liberen del miedo. 
    El miedo vive junto a mí, lo noto justo detrás, pegado a mi espalda, siento su aliento caliente en la nuca. Por las noches me arrulla hasta que me duermo, por las mañanas me despierta puntualmente. Me susurra para que me tranquilice: «nada has de temer, yo siempre estaré a tu lado, conmigo nunca estarás solo».  Tengo miedo de perder el empleo y por eso sonrío al jefe cuando me asegura que todos tenemos que apretarnos el cinturón. Siento terror ante la posibilidad de quedarme sin dinero y no poder pagar el alquiler. Palidezco al leer un periódico, al ver las noticias por la televisión, al escuchar a los agoreros de la nueva economía. El miedo actúa como motor; yo formo parte del engranaje y tengo que decir que cumplo fielmente con lo que se espera de mí: produzco, obedezco, callo, sonrío y finjo.
    Como si tuviera el síndrome de Estocolmo, siento simpatía por el miedo. Ha logrado vencer mis últimas barreras. Reconozco que he vivido por encima de mis miedos; antes creía en el esfuerzo, el trabajo y la justicia, pensaba –qué ordinariez– que los ciudadanos éramos dueños de nuestras vidas, que teníamos derechos incuestionables, que estábamos seguros ante la enfermedad o el desempleo, y que éramos iguales ante la ley. Pero ahora ya no pienso en vacuas ilusiones, todo eso terminó. Vivo acorde con mi miedo, y bailo al son de su música,  acompañado por su hipnótica sombra. Danzo hacia un pozo oscuro alejándome de mis ilusiones y esperanzas, si es que alguna vez tuve el derecho a poseer tales cosas. «No te preocupes, nunca estarás solo», me repite mi eterno compañero, el miedo.
  • Blogs

    Blogs

     Acabo de leer un comentario a un post de Lansky que me ha gustado un montón, y que aquí reproduzco sin permiso del autor: «los blogueros somos muy difíciles de contentar. Somos como el novio pesado o la novia pesada: no solo quiere que le quieran, quiere además que se lo digan. Pero no le basta con que se lo digan, además quiere que se lo digan de tal modo que se note que es verdad, que se lo digan de modo original, sincero y poético. Pero no le basta con que se lo digan así, sino que además tienen que decírselo sin que lo pida, arrebatados por el propio entusiasmo del amor irrefrenable…«


    Eso vendría a ser el perfil tipo del bloguero (exceptuando a los que usan Tumblr… esa cosa rara que ni es un blog, ni un twitter ni ná de ná). Los blogueros de WordPress son por general más cool, los de Blogger son vintage. Al principio los blogs no tenían comentarios, y eso era un poco rollo. Pero después las ansias de poder contestar a algún bloguero listillo, o mejor dicho, las ansias a que nos contestaran a nuestros propios artículos propició la enorme megalópolis que conforma la blogosfera. Gentes de todo pelaje, ideología y condición se agolpan a hostias ante el gran ventanal que ofrecen los blogs para decir lo suyo, a lomos de un veloz caballo llamado Anonimato.


    Parece ser que ahora los blogs están de capa caída. Dicen lo mismo de los diarios y la prensa escrita. Tampoco Facebook está en su mejor momento. Lo que se lleva ahora es soltar la parida más grande posible en Twitter y cosechar folowers. Somos hijos de nuestro tiempo, y nuestro tiempo va más rápido que un neutrino.


    Así, gente de izquierdas, de derechas, de centro, ecologistas, feministas, geeks, fans de Justin Bieber, filósofos, empresarios, parados, abuelas, sindicalistas, modelos, delincuentes, bulímicas, y algún que otro escritor pueblan y enriquecen con su verborrea -¡me incluyo!- a ésta gran urbe de palabras que tal vez dentro de unos años desaparezca bajo toneladas de mensajes estúpidos en 140 caracteres. Por cierto, también estoy en Twitter.

  • Bicing

    Bicing

    Desde que llegué a Barcelona, hace ya cinco años, habré utilizado el coche en contadísimas ocasiones. Considero que ésta ciudad se presta muy bien a moverse con transporte público; con el metro se llega a todas partes, y si se te hace muy tarde, siempre puedes coger un taxi o un bus nocturno. Claro que la broma del taxi nos va a salir bastante cara, porque por el simple hecho de montarte en el taxi ya te cobran dos eurazos. Estaría bien aplicar esa misma medida a todos los sectores; dos euros por ir a la panadería, o por encender la tele, o por entrar en el banco… bueno, en ésto último ya se aplica.

    El caso es que traje la bici a Barcelona durante el primer verano que pasé aquí, puesto que entrar en el metro en pleno agosto es sofocante, angustioso y agónico; porque en Barcelona no hay aire acondicionado en el metro, y como hay mucha humedad y aún más gente -entre turistas, locales y carteristas- hace que sudes la gota gorda y llegues a todas partes cagándote en la perra porque llegas hecho unos zorros a todas partes. Así que, puestos a sudar, prefería hacerlo al aire libre y llegar a los sitios en bici. Parecía un buen plan, pero he aquí que no contaba con un problema muy común entre ciclistas: los robos de bicis y la estupidez de peatones y conductores.

    No es que me robaran la bici, es que tenía que vigilarla continuamente porque en la misma calle donde trabajaba había los restos de otras bicis; esto es, atadas a una farola o un poste reposaban aquí y acullá los cuadros de bicis desmanteladas, sin la rueda de delante, sin el sillín, sin manillar… y entre esos restos estaba la mía, esplendorosa, con cambios nuevos de Shimano, con sus cuernos y su belleza clásica de mountain-bike. Pero en fin, no me la robaron, tal vez porque nunca la dejé de noche, solo la utilizaba para ir y venir de trabajar o dar un paseo durante el día. La cosa cambió cuando cambié de trabajo y me permitieron dejar la bici en el almacén -que a priori parecía una idea excelentísima- pero no pensaban lo mismo los chicos del almacén, que me rompieron los cuernos de la bici y siempre me la encontraba tirada en el suelo cuando llegaba de currar. Así que finalmente sucumbí a la estupidez humana y me acostumbré a ir andando a trabajar, ya que vivo relativamente cerca del trabajo y llego en media hora caminando.

    Estuve tentado hacerme socio del Bicing nada más salir, pero las malas experiencias de un amigo, que comentaba que las bicis estaban descuidadas y había muy pocas me hicieron desistir. Hasta hace unas semanas, que me decidí a hacerme socio porque ese mismo colega me había dicho que ahora el servicio funcionaba a las mil maravillas. Y tiene razón, ahora mismo usar el Bicing es un placer, a pesar de los inconvenientes. Hay muchas paradas de Bicing, al menos un par por cada estación de metro, y sin ir más lejos al lado de mi casa hay una, y si ahí no hubiera bicis, tengo otra parada a tan solo cinco minutos. Y si no encuentro en ningún lado, hay aplicaciones para móviles que me dicen dónde están las bicis, todo un acierto que se agradece mucho. Antes no era así, prácticamente el Bicing estaba acotado al centro, y muchos pensábamos que era un reclamo para turistas, pero no para los ciudadanos. Pero la cosa ha cambiado un montón, y realmente hay muchas paradas, muchas bicis y muchos ciclistas.

    Lo que no ha cambiado es la estupidez humana; peatones y conductores siguen viendo en el ciclista un estorbo fuera de lugar. Si circulas por la acera, haya o no haya carril bici, la gente no se aparta o directamente te dificulta el paso -algo curioso, porque cuando yo voy andando y veo que alguien viene andando de frente me aparto o se aparta, porque si no chocaríamos, creo que es algo de la física-, pero la gente común tiene ganas de que la atropellen con una bici, a tenor de su comportamiento. Es la misma gente que, cuando cruza por un paso de peatones, antepone el carrito del bebé y se abre camino con él, aunque esté en rojo para los viandantes. Los peores, aunque esté feo decirlo -y acaso sea políticamente incorrecto- son los y las abuelas. Los primeros se sienten muy a gusto andando lentamente por el carril bici, ajenos a todo, y parándose muy a menudo a mirar desafiantes a los ciclistas. Las segundas siempre miran mal a los ciclistas y a la que pueden te hacen saber que tienes que ir por la carretera -y esto es particularmente gracioso cuando te lo dicen mientras van por el carril bici-, por lo que finalmente he optado por lo que hacen la mayoría de los ciclistas: seguir pedaleando y no mirar atrás.

    Hablemos de los conductores, esa fauna que ya me caía mal mucho antes de ir en bici, porque antes que ciclista urbano fui conductor y me conozco el percal. Un conductor es una persona que va a los mandos de un vehículo generalmente más fuerte y robusto que una bicicleta; un tipo seguro de sí mismo y que si ve un hueco se mete; si ve un semáforo en ámbar acelera; si hay una intersección mete el morro para hacerse ver; y si hay bicis intenta adelantarlas rápidamente y sin muchos miramientos. Que para eso está en su casa, la carretera, donde es rey, amo y señor. Como conductor que también soy de coches, opino que las bicicletas son lentas, pero jamás se me ocurriría adelantarlas temerariamente, como tampoco hago con las motos, porque encima de la bici va una persona por lo general desprotegida. Ese desprecio por la vida va en aumento, y cada vez más hay un total desprecio hacia los ciclistas. El conductor siempre piensa que deberían ir por la acera o en los carriles bici. El peatón piensa todo lo contrario, que los vehículos de toda condición deben ir por la carretera. El ciclista piensa que debería haber más carriles bici, no solo los necesarios para las fotos y para decorar paseos, y que se juega la vida si le adelanta un bus por la derecha y un coche por la izquierda. Al final, prevalece la máxima: sigue pedaleando y no mires atrás.

    Esa masa vocinglera de aprendices de Salvador Sostres, que arremeten contra todo lo que no sea establishment, son los que hacen que andar por bici en la ciudad no sea la mejor de las formas de movilidad urbana que existen. Un medio de transporte tan sano, ecológico, silencioso, práctico y ágil que por diferentes vicisitudes no acaba de encajar en las grandes urbes, debería ser objeto de especial atención y promoción por parte de las autoridades. Pero no una promoción de las típicas de Barcelona, que lo único que hacen es encubrir un afán recaudatorio voraz -esto es, para promocionar el uso de la bici subimos las tarifas de los aparcamientos- o la insultante creación de carriles bici, que son una rayas pintadas de blanco en una acera por donde igualmente va a pasar andando todo el mundo porque así era, así es y así será siempre, pero el alcalde quería una foto buenrollista y se pintaron las aceras de la Meridiana, aunque haya que esquivar árboles, postes, contáiners, macetas, sillas de bar y demás obstáculos que el alcalde jamás va a ver porque no pisa la calle ni sale de casa sin su chófer.

    Pero con todo lo demás, ir en bici es un placer. Obviando todos los inconvenientes, uno llega a trabajar antes, uno puede descubrir calles por donde antes nunca había pasado, o tiendas nuevas, o lo que sea, y puedes dejar la bici y descubrir tranquilamente lo que la ciudad te ofrece, cosa que si van en coche o moto no puedes hacer, porque vas a pasarte un buen rato buscando un párking. Eso es lo bueno del Bicing, en particular, que puedes dejar la bici en cualquier estación y te olvidas, ese es su gran acierto, en una ciudad donde atar una bici y que no le pase nada es un acto de fe. Por muy poquito dinero al año, yo recomiendo a todo el mundo que viva o que venga a menudo a Barcelona, que se haga socio del Bicing.