Con Praga no podrán

Como diría Walser a Rosario Girondo al final del trayecto vital y literario que supone la novela El mal de Montano, todavía nos queda Praga. Con Praga no podrán. Muchas son las vicisitudes por las que está pasando este pobrecito escribiente, este que ahora mismo está escribiendo lo que ahora estás leyendo, que teclea por pura desesperación. El mal de Montano se une a otros muchos males, y como  Walser, solo me apetece salir de casa y pasear para ver el mundo con amabilidad y sencillez. Aunque también, como a Walser, la negritud y el desasosiego le irrumpan al final del día, con toda su crudeza, para que no olvide –que no olvidemos ninguno– que todo puede desaparecer en un abrir y cerrar de ojos.

El riesgo de la exclusión es tan palpable que lo rozamos cada mes con la yema de los dedos. Jugueteamos con él, infantilmente creemos que a nosotros no nos puede ocurrir. Como pensaba Cristina Fallarás antes de su catástrofe personal, a mí no me pasará. Aquí no, a mí no. Pero el Gran Complicador realiza un encomiable trabajo. Es un gigantesco odradek perdido que golpea con toda su furia y aletean las mariposas inocentes en el mar de las dudas mientras con Su martillo destroza ilusiones, esperanzas y alas de mariposas inocentes. Como Fallarás, contemplo el abismo, aunque en mi caso aún desde el otro lado, de los que nos paseamos por el borde del precipicio y aún vamos a restaurantes y pagamos con tarjeta de crédito.

Así me siento hoy en un día cualquiera de principios de junio de dos mil trece. El futuro es ahora, y nos lo han fabricado ya obsoleto, como esos electrodomésticos que llevan la obsolescencia programada, para que pasado un tiempo no sirva y tengas que comprarte otro. ¿Qué futuro podemos comprar? ¿Acaso se puede comprar el futuro? ¿Quién nos vende el futuro? El Gran Complicador sonríe desde las alturas para fulminarnos con un último mazazo. ¡Crack! ¡Crack! ¡Crack! Muerte de mariposas inocentes en mares de dudas. Bienvenidos al futuro, el futuro bordea el abismo por donde nos paseamos con tarjetas de crédito y miramos de soslayo al precipicio, ajenos a los lamentos de los ya excluidos, de los ya sin futuro. Bienvenidos al mundo que nos han fabricado para nuestra agonía personal. Pasear, pasear, como Walser, tan solo pasear, y perderse en las calles para respirar un aire nuevo. Pasear y no mirar al abismo, mirar enfrente, observar a los Rosario Girondo del mundo y saludar cómplice a los que se agarran al risco de la creación frente a las fauces del abismo.