¿Cómo va esa fase 0, chavales?

Buenas tardes chavales, ¿cómo lo lleváis? ¿Ya estáis en fase 1? ¿Todavía en fase 0, madrileño? Ya, aquí en Barcelona también nos hemos portado mal y así nos va. La playa de la Barceloneta parece un centro de alto rendimiento, por la de deportistas que hay entrenando para las Olimpiadas de los Premios Darwin.

Como decíamos ayer…

En fin, llevamos ya varias semanas confinados y la gente empieza a perder los nervios y poco a poco, como veía venir, se van abrazando las tesis más rancias y el mensaje de la ultraderecha acaba calando, porque históricamente siempre ha sido así, así que se avecinan tiempos duros una vez que el primer round de la pandemia pase y cambien los gobiernos de color político, en su mayor parte, más escorados a la derecha y tomando apuntes a la rápida de las recetas trumpistas.

¿Acaso me he vuelto politógo? Claro, ¿acaso no somos ya todos politólogos? Esta sobresaturación de información política sin pararse demasiado en lo que se está diciendo, sin dejar reposar la información (este Sálvame político en que se han convertido las mañanas y mediodías televisivos en España), ha dado como resultado una sociedad más polarizada donde solo tienen cabida las opiniones más extremas. Cualquier comentario de un tertuliano se adscribe inmediatamente a los argumentarios de uno u otro partido. Así pues, los descreídos poscos nos hemos dedicado a otros menesteres, puesto que no pintamos nada ya en todo este panorama. No servimos a la causa.

Las fases

En todo este tiempo de confinamiento he pasado por varias fases. Las dos primeras semanas fueron sin duda las peores. En especial la segunda, cuando se desvaneció la ilusión de que el confinamiento iba a ser de 15 días exactos, ya que los muertos se contaban casi a 1000 diarios durante los peores días de principios de abril. En la primera semana estuve como de vacaciones, viendo por la tele como la gente de Madrid hacía tal o cual cosa (para los de Madrid es lo normal, para el resto de mortales, solo sabemos lo que pasa si sucede en Madrid, así como en Cataluña solo pasan cosas en algunos barrios de Barcelona y poco más).

Después me las dos primeras semanas, sin trabajo y sin nuevos encargos en mi faceta como editor y diseñador gráfico, me dediqué a mis otros proyectos abandonados. La verdad, cuando se tiene tiempo por delante y una buena conexión a Internet, el ser humano es capaz de cualquier cosa. Lo mismo te chupas todas las temporadas de las series de Netflix hasta pasártelo, que te pasas todos los juegos del Steam. En mi caso reconozco que ha habido mucho de ésto último, pero también he aprovechado para volver a escribir, retomar la programación y también volver a diseñar juegos por el puro placer de hacerlos, sin pensar demasiado en nada más. Y así han ido pasando estos días del confinamiento más duro, los días de plomo de los hospitales militares, de Ifema y del horror de las residencias de ancianos.

The borjamaris revolution

Así fueron pasando los días, mirando desde el balcón, saliendo para comprar una vez por semana y aplaudiendo a las ocho de la tarde. Los aplausos en los balcones se hicieron emocionantes al principio y hasta la tercera semana aproximadamente, cuando tímidamente la curva de contagios se revertía, dando la razón a los expertos que abogaban como única solución posible a la tragedia que nos confináramos todos en casa. Una medida de último recurso que claramente ningún gobierno democrático quiere asumir, por lo alto del coste social y económico que supone. Luego la gente se fue olvidando gradualmente y volvieron a florecer los egos y la ruindad consustancial al género humano. Ciertos energúmenos de la ultraderecha en España no se durmieron en los laureles y empezaron una campaña de acoso y derribo en contra del gobierno, en un primer momento en redes sociales, y más tarde dando el salto a los medios generalistas (de una manera hilarante, pero efectiva). Ahí quedan para el recuerdo de los años venideros los motes de «Pedro el Sepulturero», «Pedro el enterrador» o «el Gobierno del Bulo») unas críticas feroces que por otra parte tampoco ofrecían soluciones alternativas a lo que estaba sucediendo.

Hoy toda esa campaña de crítica de trazo grueso ya ha saltado de las pantallas a la calle. Esto en cualquier otro momento no tendría nada de novedoso, el problema radica en que el confinamiento impide las manifestaciones, no por totalitarismo, sino por necesidad. Contagiarse del virus COVID-19 no me parece que sea ninguna broma cuando vamos por los 30.000 muertos desde el inicio de la pandemia solo en España. Y tampoco sabemos si esos son números definitivos. Sin embargo, ahí están cacerola en mano toda esa caterva de borjamaris, que desde el barrio de Salamanca han dado pie a muchos otros irresponsables a manifestarse en otras ciudades. Es lo que ha venido a llamarse la Revolución de los Cayetanos.

Welcome you to the Nueva Normalidad, bitches!

Así pues, con este panorama, vuelvo al blog como medida de autoprotección mental, para dejar rienda suelta de todo sobre lo que quiera escribir. No tenía pensado retomar la escritura de esta bitácora con una especie de columna de opinión sobre la situación política, pero tampoco me parecería muy normal volver a empezar sin explicar lo que siento en este momento. Por una parte, mi trabajo ordinario pende de un hilo, por la otra mis proyectos personales están mejor que nunca. En lo que respecta a la salud, el virus no me ha atacado directamente ni a mí ni a mi familia, aunque sí a algunos amigos y conocidos. Por el momento el virus solo me ataca en lo económico y en lo social, y tiene pinta de que va a seguir haciéndolo una buena temporada. Pero como dice la canción que tanto ha sonado en los balcones: «resistiré». Y volver a escribir regularmente por aquí es mi primer paso hacia la Nueva Normalidad. Veremos a dónde nos conduce. Un abrazo virtual si has llegado a leer hasta aquí, parece que tú también tienes tiempo libre, ¡a mis brazos!

Foto de portada: Tedward Quinn on Unsplash