Confesaré que Basquiat no me dijo nada al principio de conocerlo en la Escuela de Arte. Era uno más de los artistas a estudiar en Teoría del diseño, uno más a sumarse a otros que me marcaron más profundamente: Warhol y sus repeticiones, Mucha y su preciosismo, Toulouse-Lautrec y su bohemia… y por encima de todos, Munch, con su Grito, obra que me inspiró profundamente incluso antes de entrar en la escuela (recuerdo que la usé como base, mediante collage, para superar la prueba específica que daba acceso al ciclo superior de Gráfica Publicitaria).

Basquiat, como digo, no entraba dentro de mi canon artístico particular, aunque luego su influencia fue creciendo poco a poco. La razón principal es que, inicialmente, yo valoraba el arte en función de la capacidad de realismo que el artista demostraba, o bien por su expresionismo, innovación o gusto estético. Basquiat me parecía un artista mediocre que se aprovechaba de su cercanía con Warhol, el artista pop más importante del momento. Llegué a odiarlo porque me parecía un tipo sin talento pegado a Warhol como una garrapata. Claro, aún tenía mucho que aprender…
Quizá no me explicaron a Basquiat correctamente. Me tendrían que haber dicho que Basquiat era un grafitero, un chaval que pintaba por las calles deprimidas de Nueva York, escuchando hip-hop, jazz y zydeco. Basquiat consiguió exponer su obra en museos, esto es, pasar del arte urbano al circuito del arte; pasar de la pared callejera al lienzo blanco. Ahora no nos impacta, pero hay que mirar atrás cincuenta años: siendo hijo de inmigrantes, haciendo graffitis por las esquinas, llegó a ser uno de los artistas más cotizados del planeta y a codearse con Warhol en su estudio.

Es cierto que Basquiat, cuanto más lo conoces, más te sorprende. Pero no en el buen sentido, es decir, no como artista, al menos al principio. Es su vida la que lo convierte en un personaje singular en la historia del arte. Basquiat se pasó media vida viviendo a costa de sus mujeres. ¿Por cuál empezar? Quizá con Suzanne Mallouk, que lo mantuvo económicamente durante sus primeros años como artista callejero. Suzanne no solo pagaba las facturas: lo defendía en peleas, lo ayudaba a salir del calabozo y creía en su genio cuando el mundo aún no lo había descubierto. También se le atribuye un romance con Madonna, justo cuando ambos estaban en la antesala de la fama. Otra novia importante fue Paige Powell, fotógrafa y marchante de arte; con esta, al menos, parece que Basquiat acabó bastante bien.
El atractivo de Basquiat para con las mujeres es innegable. Y Jean-Michel se dejaba querer; otra cosa es que él quisiera a alguien más que a sí mismo. Si se mira su vida desde fuera, parece que solo usó a esas mujeres a modo de ascensor social. Esa es una realidad incómoda: Basquiat utilizaba a la gente a su alrededor para crecer como artista. Pero si hay alguien a quien Basquiat utilizó a conciencia, ese alguien fue Warhol.
Antes de encontrarse con Andy Warhol, Basquiat vivía en la calle, literalmente. Pintaba SAMO© (Same Old Shit) en muros del SoHo y dormía en parques, portales y sofás ajenos. Un poco como Limónov, pero en artista. Cuando conoció a Warhol, encontró un refugio estético, económico y emocional. Podríamos decir que se le apareció la Virgen: vio la luz. Pero… ¿qué vio Warhol en él? ¿Tal vez la quintaesencia del artista urbano, o tan solo un morenazo atractivo? Eso no lo sabemos.
Lo que sí sabemos es que su unión fue fructífera: colaboraron en decenas de obras, pero el mundo del arte no acabó de fiarse de estos dos juntos. Es probable que no confiaran específicamente en las capacidades de Basquiat, más allá de las de engatusar a Warhol, y en sus problemas con las drogas. Lo cierto es que cuando Andy Warhol murió repentinamente en 1987, tras una operación de vesícula que no debiera haber dado problemas, Basquiat quedó a la deriva: no se pudo despedir… ni disculpar. Y tenía motivos para disculparse: se había convertido en un drogadicto, pero además habían tenido una bronca tremenda tras la crítica en el New York Times de una exposición conjunta que hicieron en la Tony Shafrazi Gallery, donde le llamaban “mascota de Warhol”. Aquello no era culpa de Warhol, pero Basquiat se enfureció con él. A partir de ahí se distanciaron. Y dos años más tarde, Andy Warhol murió.
“Mi obra está compuesta en un 80% de ira”, dijo una vez. Con la misma ira, incapaz ya de volver a hacer las paces con Andy, un año después de su muerte, en una mala noche de agosto, se preparó el último de sus paraísos artificiales: un mix imposible de drogas que lo llevó a la muerte por sobredosis. A tomar por culo Basquiat. Y a los 27 años, como Jimi Hendrix, Janis Joplin, Kurt Cobain o Amy Winehouse. Uno más para el club de los malditos.

Todo esto lo he ido aprendiendo después de admirar su obra y de imitarla al final de mi estancia en la escuela de arte, cuando tenía 23 años. Me fascinaba esa mezcla de arte callejero, africanismo, brutalismo, ausencia de perspectiva, de forma, de todo. Ausencia de reglas, en definitiva: un grito de libertad. ¡Que el arte sea libre y brutal! Fuera convencionalismos, abracemos nuestra esencia, aprovechémonos de lo poco que tenemos y gritemos bien fuerte. ¡Acabemos con el poder! ¡Abajo la ley!
Todo esto es lo que me evocaba el arte de Basquiat, más allá de producirme o no placer estético —a Basquiat se la sudaba muchísimo el puto placer estético de los demás—: el arte como un fin para conseguir fama y dinero. Quienes le reprochan eso a Basquiat están precisamente confirmando la jodida genialidad del artista. ¿Quién podría compararse a él hoy? ¿Tal vez Maurizio Cattelan y su broma del plátano? ¿De quién pudo haber aprendido? ¿De Marcel Duchamp y su broma del urinario? De Willem de Kooning, casi seguro. Ahí está el arte de esta gente: “sabéis que soy artista y por eso vais a comprar mi obra y especular con ella. No sois mejores que yo, que hago mi arte para reírme de vosotros y esquilmaros”. Entre esas obras hay arte auténtico y arte para pagarse el último chute.
Basquiat comprendió muy pronto cómo funcionaba el mundo del arte, qué teclas tocar para ir subiendo en dicho mundo, cómo aprovecharse —cual miss— de su cara y su cuerpo para atraer a las personas adecuadas y qué tipo de imagen le convenía más. Y además, el cabrón había empezado desde la indigencia. Y además, el cabrón hacía buen arte. Un arte de su tiempo, equiparable al de los demás titanes del momento: Keith Haring, Julian Schnabel y el ya mencionado Andy Warhol. Basquiat era un titán. Un ídolo. ¿Cómo no iba a querer imitarlo? Ah, lástima… de la escuela de arte no pasé más allá de medio porro, casi nada. Así… ¿cómo puede alguien llegar a artista?












