068: La estética de la asamblea

Un grupo de miles de ciudadanos, cuatro gatos según la Delegación del Gobierno, han vuelto a congregarse en las cercanías del Congreso de los Diputados. Como la movilización no estaba autorizada a todos aquellos que la policía ha identificado se les sancionará por formar parte de actividades ilegales, y si me apuras un poco de traición a la patria. Curiosos tiempos estos donde educadamente se le dice a uno que tiene una libertad menos, con el beneplácito general de la masa. En el París de 1789 deberían haber avisado a la gente que sus manifestaciones eran ilegales, para que éstos –dóciles ellos– se hubieran ido a casa o hubieran hecho una sentada pacífica con batukada o tal vez un espectáculo clown, de esta forma tal vez hoy Francia aún sería una monarquía.

Después de las presentaciones entre policías y manifestantes ha tenido lugar, según los organizadores, una Asamblea de la deuda y los recortes. Según mi parecer, un brindis al sol con mucha gente cargada de buena intención y pocas cosas nuevas que contar además de lo obvio y nula predisposición al debate. Porque a ver quién es el guapo que se planta ahí en medio de la asamblea para decir que el capitalismo, en esencia, es bastante bueno –al menos el que se desprende de las ideas de A. Smith y Keynes– y si lo comparamos con el comunismo, le gana de lejos. Otra cosa son los gestores y los neo-liberales católicos que salvan patrias cada día, y que tienen sus ahorros en paraísos fiscales.

Si tan bueno es un sistema que defiende la igualdad, pues vayámonos todos a Corea del Norte, que es una república democrática según el papel (una dinastía comunista según la realidad), o vayamos al paraíso del pueblo que es China, una república popular sobre el papel (y una dictadura capitalista en la realidad). Pero estas cosas, mejor no decirlas en asambleas donde se decide que el sistema está muy mal y hay que cambiarlo por otra cosa. Cosa todavía por descifrar. Son parodias de tertulias catódicas, pobladas de idealistas sin ninguna intención de llevar a cabo ni una sola de las propuestas. Somos incapaces de desprendernos del iPhone, cuanto menos de desprendernos del nivel de vida que nos proporciona el capitalismo. Tuitear consignas comunistas desde un teléfono fabricado en condiciones inhumanas en China como mínimo debiera cuestionar la lógica y la moral del tuiteador. Nada de eso sucede, se aplica la máxima: disimula, sonríe y finge. 

Como digo, si yo me planto en la asamblea a decir lo obvio –que no lo más etético, cool y buenrollista– como mínimo seré abucheado. A mi también me gustaría pensar en una sociedad libre e ilustrada, capaz de gobernarse a sí misma y de obtener las más altas cotas de bienestar. Pero no existe tal sociedad, no funciona el autogobierno, y la gente anhela que haya otros que decidan por uno. Necesitamos que la faena sucia y desagradable que es el gobernar la hagan los políticos. En otras épocas nos cobijaríamos bajo la sombra de un gran general, porque si nos sentimos débiles, queremos la protección del más fuerte. En fin, nos indignamos, sí; pero no nos implicamos: no pasamos hambre y con eso nos basta.