029: El miedo

Confieso que tengo miedo, no me cuesta admitirlo. El miedo siempre ha formado parte de mi vida, pero ahora lo noto mucho más presente, más activo, como si se hubiera pasado una temporada en el gimnasio y volviera a mí con mayor fuerza: unos bíceps de pavor desmesurado, unos pectorales de espanto aletargado; posee unos dientes aún más afilados que antaño. El miedo juguetea con morderme en el cuello cual vampiro; de hecho, tal vez ya esté vampirizado por él, y por eso actúo como un autómata por su artificio, incapaz de tomar decisión alguna sin consultárselo antes. Soy dependiente del miedo, me consume, me incapacita, me vuelve un inútil que se pasa las horas frente al ordenador buscando retazos de libertad que me liberen del miedo. 
El miedo vive junto a mí, lo noto justo detrás, pegado a mi espalda, siento su aliento caliente en la nuca. Por las noches me arrulla hasta que me duermo, por las mañanas me despierta puntualmente. Me susurra para que me tranquilice: “nada has de temer, yo siempre estaré a tu lado, conmigo nunca estarás solo”.  Tengo miedo de perder el empleo y por eso sonrío al jefe cuando me asegura que todos tenemos que apretarnos el cinturón. Siento terror ante la posibilidad de quedarme sin dinero y no poder pagar el alquiler. Palidezco al leer un periódico, al ver las noticias por la televisión, al escuchar a los agoreros de la nueva economía. El miedo actúa como motor; yo formo parte del engranaje y tengo que decir que cumplo fielmente con lo que se espera de mí: produzco, obedezco, callo, sonrío y finjo.
Como si tuviera el síndrome de Estocolmo, siento simpatía por el miedo. Ha logrado vencer mis últimas barreras. Reconozco que he vivido por encima de mis miedos; antes creía en el esfuerzo, el trabajo y la justicia, pensaba –qué ordinariez– que los ciudadanos éramos dueños de nuestras vidas, que teníamos derechos incuestionables, que estábamos seguros ante la enfermedad o el desempleo, y que éramos iguales ante la ley. Pero ahora ya no pienso en vacuas ilusiones, todo eso terminó. Vivo acorde con mi miedo, y bailo al son de su música,  acompañado por su hipnótica sombra. Danzo hacia un pozo oscuro alejándome de mis ilusiones y esperanzas, si es que alguna vez tuve el derecho a poseer tales cosas. “No te preocupes, nunca estarás solo”, me repite mi eterno compañero, el miedo.

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