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Fukuyama y el fin de la historia

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Hace unos días estaba leyendo el artículo de Francis Fukuyama, el Fin de la Historia, convencido de que muchas de sus tesis se habrían superado ya, dado que el texto fue escrito en 1989 y, dado que estamos en 2016, suponía que me encontraría referencias temporales propias de su tiempo que hoy resultarían caducas. Sin embargo, su lectura me sorprendió por estar muy vigente, e invita a reflexionar sobre la indudable vigencia del liberalismo en nuestros días.

Una reflexión sobre la vigencia del liberalismo

En primer lugar, el texto hace referencia, como no podía ser de otra forma, al materialismo histórico de Marx, lo cual al principio induce a pensar que será otra obra que reduce todo el espectro de la vida a lo económico y los medios de producción, algo que se le podría achacar a Guy Debord con su sociedad del Espectáculo. Sin embargo el texto de Fukuyama gira inmediatamente hacia las tesis historicistas de Hegel, para el cual la historia tiene una lógica interna, lineal y dialéctica. Marx recogió el historicismo hegeliano para afirmar que esta dialéctica es la lucha de clases. Esta dialéctica se inicia con una afirmación: la nobleza; y una negación de la afirmación: que es la burguesía contra la nobleza; y por último la negación de la negación: que es el proletariado contra la burguesía. De estos dos contrarios surgirá una nueva afirmación: la lucha de clases, el triunfo de la dictadura del proletariado, y en suma, el fin de la Historia. Sin embargo, han aparecido nuevas clases que desdibujan el sentido de pertenencia al proletariado,  y dicho proletariado no ha destrozado a la burguesía, más bien al contrario, se ha mimetizado en una masa informe llamada clase media.

Así pues, lejos de afirmarse las tesis de Marx, estas se han venido abajo irremediablemente, y nadie está dispuesto, salvo los nostálgicos, a enarbolar de nuevo la bandera del comunismo. La evidencia histórica ha puesto de manifiesto el triunfo del capitalismo, y no hay una alternativa viable hoy en día al liberalismo económico. Estamos viviendo en el fin de la Historia que ya pronosticó Hegel, y no Marx, cuando escribió que tras la batalla de Jena, en 1806, la historia había terminado. No la historia entendida como sucesión de acontecimientos, progreso científico o eclosión de nuevas formas de arte, sino como el fin de los grandes discursos, el fin de cualquier otra forma de gobierno que no pase por la lógica liberal. El mundo globalizado de hoy se mide según los parámetros del capitalismo, que es lo mismo que decir que es el dinero lo que mueve al mundo, y no las grandes ideas. Lo más revolucionario que ha pasado en la cosmovisión de Europa en los últimos tiempos es la creación del mercado común, algo que, aunque sea útil, no es muy evocador ni glorioso. Simplemente sirve a la lógica imperante, al discurso que legitima un sistema sólidamente establecido tanto en los estados, como en la mente.

Hay, lógicamente, descontentos dentro del sistema, pero no constituyen un peligro real para el mismo, en la medida en que el sistema los fagocita en su lógica capitalista. En la historia reciente del país, recordemos que el movimiento 15M, además de generar cambios políticos, generó una industria alrededor del concepto 15M, ya sea en libros, revistas, merchandising y demás objetos fetiche, que en definitiva son mercancía. Y si alguien no piensa en esto como en términos de mercancía, que lo sustituya por espectáculo, que es la moneda en forma de imágenes que usa el capital. Refuerzo mi argumento con sucesos todavía más recientes: la amenaza del fundamentalismo islámico. Dicho fundamentalismo dicta un discurso que para algunos puede ser evocador y grandioso, recordemos que la ausencia de grandes relatos hace que cuando surge alguno gane automáticamente muchos adeptos, pero ese discurso es inútil fuera de su área de influencia, que es básicamente el Islam. No es muy descabellado pensar que en la mente de todos los que no se han dejado imbuir por ese discurso, tienen otro en su cabeza que pasa por la democracia de corte liberal. Esto es, el liberalismo sí que influye en todo el mundo, sea cual sea la religión o su nivel educativo, cualquier persona en el mundo cree que el liberalismo, o mejor dicho, su traducción política que es la democracia liberal, es el sistema que otorga mayores cotas de libertad y felicidad. De esto es lo que habla Fukuyama en el Fin de la Historia, y creo honestamente que dicha tesis sigue vigente.

Quizás si finalmente el sistema capitalista termina de deborarse a sí mismo se dé paso a otro discurso que erosione al liberalismo, pero hoy por hoy, por muchos cambios que nos pueda parecer que existen alrededor, no hay ningún otro discurso político ni filosófico ni de ningún tipo que globalmente le reste legitimidad al liberalismo. A lo máximo que algunos partidos, en nuestro país, se atreven a llegar es a ser socialdemócratas, es decir, a seguir a Keynes, el Estado de Bienestar y lo que Guy Debord llamaría la subsistencia aumentada: la abundancia de mercancías, la relación mercantil. Y termino con una pertinente pregunta de Fukuyama: “¿El poder para qué? ¿Como fin o como medio?” Teniendo en cuenta la transformación de China como fábrica del mundo, la mercantilización de toda obra, la virtualización del yo en la sociedad individualista y el bombardeo publicitario que disuelve el Yo pensador en el Yo consumidor, creo que la respuesta está contestada de antemano.

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